martes, 8 de noviembre de 2016

ANÉCDOTAS GERIÁTRICAS: LA GUERRA DE JUAN

         Hace unos días cumplió 103 años. Se llama Juan y es un agricultor de un pueblo “del interior”, aunque no sé del interior de qué provincia, si de Teruel, Cuenca, Albacete, Ciudad Real… qué más da. Debió ser un hombre ágil y fibroso; ahora está delgado, casi seco, como si estuviera hecho de sarmientos recubiertos de cuero. Sus ojos se han ido haciendo pequeños, pero aún los anima el brillo de la vida. No sale a la calle sin su gorra y usa, para caminar, un bastón y la ayuda de mi mano. Cuando traspasamos la puerta formamos una especie de matrimonio desigual, él tan bien vestido con sus arrugas, su pantalón de raya y la camisa abotonada y bien planchada, yo con mi uniforme verde loro de cuidadora y mi pelo rebelde y entrecano haciendo su propia vida sobre mi cabeza. El pobre está bastante sordo, creo que por eso aún no ha aprendido mi nombre, pero me sonríe, no sé si porque se siente cómodo conmigo o porque le recuerdo a alguien conocido. A veces pregunta por su padre, su familia le dice que está en el pueblo y anda algo resfriado y que por eso no viene a verle. Sería inútil recordarle las décadas que hará que el hombre pasó a mejor vida. Juan ni siquiera sabe en qué población reside ahora, pero está con su hija, de modo que se siente en casa.
            Su caso no se diferencia, a primera vista, de otros muchos que seguramente tenéis cerca. Yo, de hecho, he atendido a decenas de abuelos así, aunque ninguno tan mayor como él, desde luego. Pero hoy Juan me ha dicho algo, algo que nadie me había dicho antes, y mira que mis pacientes, ancianos, seniles y no tanto, con demencias, Alzheimer, con cariño o con mucha mala leche, me habían dicho ya cosas de todos los colores. Sus palabras han tenido el poder de dejarme de piedra, y no he parado de darles vueltas en todo el día. Y las pronunció justo, justo después de que le diera el primer beso.
            Soy una enfermera cariñosa con mis pacientes, cuando les cojo confianza soy muy de abrazarlos y besarlos porque sé que, tanto ancianos como discapacitados, a menudo entienden antes el lenguaje de la ternura que el de las palabras, pero mis besos no son gratuitos. A algunos no llego a besarlos nunca porque no son receptivos al cariño; a otros les premio así su actitud, la sonrisa, la docilidad a la hora de ser atendidos, una mirada de esas que hablan de agradecimiento o un piropo inocente. A Juan lo he besado en la mejilla por su expresión risueña cuando le he puesto la gorra, una cara de “ahora ya estoy listo para ir al cole, mamá” que se me ha hecho irresistible. Ha saludado con la mano al chófer del centro de día con el que se va de lunes a viernes; después, cuando iba a subir al furgón, se ha dado la vuelta y nos ha mirado con tristeza, como si esa fuera la última vez que sus ojos y los nuestros fueran a encontrarse. Fue como si un negro nubarrón hubiese apagado el sol de su sonrisa desdentada. Creo que no sabía si hablar o no, pero al fin se ha decidido. “Lo único que siento es que sus van a fusilar. Esta noche, ay, tan jóvenes, tan trabajadores, tan honraos, vendrán a buscaros. Y mañana por la mañana… ay, qué pena”. Me puso la mano en el hombro con resignación, como dándome el pésame por algo que sabía cierto e inevitable y, sacudiendo la cabeza con pesar y con los ojos llenos de lágrimas, se ha metido en el automóvil. El conductor y yo nos hemos mirado y hemos sonreído, incómodos. Él, un hombre latinoamericano, no lo ha entendido. No ha sabido ver más allá del desvarío de un anciano de 103 años. Pero yo sí. Yo no puedo dejar de preguntarme qué fue lo que vio, qué fue lo que vivió Juan para que, más de setenta años después, aún sueñe con ello, aún lo perciba y lo tema como algo real. Qué manera de amanecer atroz y durante cuántas madrugadas habrá sido capaz de dejar en él una huella tan profunda, un recuerdo tan vívido que le hace temer continuamente por las personas a las que tiene cerca. No he podido evitar sentirme triste por él.

            La guerra, como decía la canción, “es un monstruo grande, y pisa fuerte toda la pobre inocencia de la gente”. Lo que pasó no solamente está enterrado en las cunetas. Lo que pasó todavía está vivo, lo estaba ayer y lo estará mañana, yo lo he visto en los ojos de Juan. El olvido no es posible. La reparación aún está pendiente, no solamente la de las vidas tiroteadas y arrojadas al mar o a las fosas comunes, sino la de vidas largas llenas de pesadillas y miedo como la de mi amigo centenario. Díganme quién le va a devolver a él las auroras de sueños plácidos y tranquilos que nunca pudo volver a disfrutar. Sus amaneceres murieron asesinados entonces, aunque él siga respirando. Díganle a Juan que lo olvide, como nos lo dicen a todos los demás. Ya verán lo que les contesta. 

miércoles, 28 de septiembre de 2016

PUES YO LA LÍO

            Hay que ver cómo cambian las cosas a medida que se cumplen años y las generaciones se van sucediendo. Es asombroso que pensemos tan diferente de como pensaban en la época de nuestras abuelas o bisabuelas. Y también es asombroso cómo se puede haber avanzado pasos de gigante en unos aspectos y pasos de hormiga, o incluso de cangrejo contestatario y cabezota, en otros. Eso me dio por pensar el otro día, y todo vino al hilo de un trabajo escolar de mi hija mayor.
            Le puse de nombre Paloma para que fuese libre y volase hasta donde sus alas quisieran llevarla. Le enseñé a pensar en la igualdad de oportunidades, en la inteligencia, en el esfuerzo y el trabajo. Le enseñé a creer en su propia capacidad sin límites, en el cultivo de la música como vía para abrir el pensamiento y en el estudio como vehículo indispensable para poder elegir el tipo de vida que se quiera llevar sin depender de otras personas. Le enseñé también que “sexo” es un acuerdo entre adultos y que lo de “género masculino o femenino” es simplemente un accidente cromosómico sin más consecuencias. Es curioso cómo los niños aceptan como auténticos dogmas de fe aquello que sus padres les explican; mi niña Paloma vivía en ese concepto de sociedad que yo le describía, desechando para ello cándidas Caperucitas, esclavizadas Cenicientas y Bellas Durmientes que necesitan de un hombre para ser salvadas. Para ella, la espada, la rosa, la pluma y la luz están en todos los corazones y en todas las manos, y las manos no son hombre o mujer, son manos, igual que las neuronas, igual que los músculos cardíacos, los hígados o las rodillas, que no son hombre ni mujer, cruz ni flecha, sino elementos valiosos y útiles en sí mismos, igual que los cuerpos que los albergan. Pero llegó aquel trabajo escolar y se dio de bruces contra la cruda realidad. Llegó el día en que tuve que decirle que hubo un tiempo en el que no tener flecha era una auténtica cruz, y que ese asunto no está del todo resuelto.
            Su profesora de ciencias, al hilo de la celebración del 8 de mayo, había pedido a todos los alumnos que redactasen una breve biografía de alguna científica en cuyo currículum figurase, al menos, un premio Nobel del ramo. Del ramo de la ciencia, se entiende, aunque la mitad de los chavales de su clase pensaron que “lo del ramo” se iba por los cerros de la Botánica y se mataron a buscar ganadores de un inexistente Nobel floral. Pero no, mi pichón lo comprendió a la primera. Nos pusimos a bucear en el océano internauta y se sorprendió al comprobar que, en comparación con la lista de nombres masculinos, mujeres había más bien pocas. Y llegó la temida pregunta: “¿Por qué, mamá?” Hale, ahí va ese toro. Explícale a una criatura de diez años lo de que no se admitían mujeres en la Universidad, que no se les permitía más investigación que la de en qué posición se pone un pañal ni más química que la culinaria. Cuéntale sin llorar que se acusaba a las atrevidas de herejía y brujería algunos siglos atrás, que después fueron ignoradas, desprestigiadas, tratadas de locas y excéntricas por osar tener más metas que ser madres y esposas. Que algunas se disfrazaron de hombre para poder acceder a los centros de estudio, que otras publicaron sus artículos de investigación bajo nombre masculino para que se prestase atención a sus descubrimientos. Que si sus maridos no auspiciaban y alentaban su trabajo avanzar era para ellas casi imposible. Que hasta sus padres se oponían a que se cultivasen como científicas. Todos estos conceptos iban cayendo como losas sobre la idea del mundo de mi primogénita, lo veía dibujado en su carita asombrada primero, indignada después, aterrada por último. Se sentía estafada por la Historia, por la Humanidad entera… y por mí. Traté de tranquilizarla, le expliqué que ahora es diferente, que no tenía que preocuparse por ese tema, pero cerró los ojos y tomó conciencia de que, en lo tocante a ciencia, hasta hace no mucho la flecha volaba disparada hacia la diana y la cruz permanecía anclada a la tierra. Después extrapoló esa idea a su vida diaria, ató cabos y se dio cuenta aliviada de que su profesora de ciencias era una mujer. Su pediatra también lo era, y la farmacéutica de nuestro barrio, y su admirada Jane Goodall, y la veterinaria de “Pelos”, nuestro perro. Un poco más tranquila después de enumerar las mujeres de ciencia que conocía continuamos con la lista de los Nobel.
            A esas alturas en el grupo de Whatsapp de su clase ya se habían chivado un par de nombres para ahorrarse unos a otros el tiempo de lectura. Previsiblemente casi todos los trabajos serían un resumen apresurado de lo que pone sobre Marie Curie en Wikipedia, tris, tras, problema resuelto y a jugar a la Play se ha dicho, pero yo enseñé a mi pájaro a no conformarse con lo de todos, de modo que continuó leyendo. Después de un par de horas escudriñando artículos, páginas de blogs del tema y demás información, la vi palidecer de pronto. La razón era evidente, se llamaba “fotografía 51 de la doble hélice del ADN”. Ya tenía el tema para su trabajo. “Mamá, voy a hacerlo sobre un Nobel robado: el de esta mujer. Se llamaba Rosalind Franklin e investigó sobre el ADN. Ella hizo la primera fotografía que mostraba la doble hélice, pero luego el premio Nobel por el descubrimiento se lo dieron a sus compañeros en la investigación y a ella ni siquiera la nombraron. Rosalind, la No-Nobel”, me dijo señalando la pantalla del portátil con su dedo acusador y preadolescente. “Me parece perfecto, cariño”, le contesté. “Mujeres como Rosalind pudieron dejar de investigar ante la posibilidad de que su trabajo no fuese nunca valorado, pero no lo hicieron. Le echaron coraje y siguieron adelante. Gracias a ellas el camino de la ciencia tiene todas las baldosas que necesitáis las mujeres modernas para poder transitarlo sin tanto tropiezo. ¿Ves? El continuar caminando se lo debéis a ellas, os lo debéis a vosotras mismas y a las que vendrán después”.  Mi otra hija, que jugaba en el suelo cerca de nosotras, nos miró desde sus cinco años de estatura y dejó de jugar.
            Le puse por nombre Mar para que su horizonte fuera infinito y nadie pudiese poner límites a su empuje. Había escuchado y procesado a su manera toda la conversación que su hermana y yo acabábamos de mantener, pasándola, eso sí, por el tamiz de su razonamiento pre-escolar, y decidió hablar (y hacer subir el pan, de paso). “Mami, ¿con el premio ese dan chuches?” Yo, que ya veía por dónde iban los tiros, le seguí la corriente. “Sí, cariño. Muchas. Miles”. Cara de horror, tragedia y abominación. “O sea que, sin Rosarín, ni ADN, ni CSI Las Vegas, ni nada, y luego le dan las chuches a los otros y a ella, hale, ninguna”. Me eché a reír. “Ninguna. Se las comieron todas los chicos”. Ella no se reía, permanecía muy seria. Al fin, después de unos instantes de reflexión se levantó del suelo, recogió su muñeca y, mientras se marchaba a su habitación para ponerse el pijama, dijo como para sí: “pues si soy yo la lío gorda. Vamos que si la lío”.

            Desde ese momento no puedo dejar de sonreír. Para eso las educo, para que revolucionen, remuevan, conquisten. Para que sean pájaro de vuelo amplio y océano sin barreras, y no jilguero enjaulado y piscina. Para que el ejemplo de las pioneras les sirva para avanzar y vean en esas mujeres trampolines desde los que saltar más alto. Para que el futuro sea suyo. Para que “la líen”.

sábado, 17 de septiembre de 2016

LAS ALAS DE MAMÁ

            Pau no era un niño como los demás. Bueno, por fuera sí lo era, pero si alguien se hubiese molestado en mirar por dentro… eso habría sido harina de otro costal. Concretamente de un costal de centeno áspero, oscuro y amargo. Pero nadie supo, o nadie quiso verlo a tiempo.
            A su corta edad, ocho años recién estrenados, apenas sabía escribir un renglón sin torcerse, pero ya era un maestro en el arte del disimulo. No le decía a nadie lo que pasaba en su casa, y si aparecía en su carne algún cardenal sabía cómo taparlo o cómo disfrazarlo de torpeza infantil. Aunque, a decir verdad, Pau solamente recibía algún golpe esporádico, no todos los días ni todas las semanas. Solamente si se metía en medio, en ese “medio” en el que su padre no quería que se metiese y en el que su madre le rogaba para que no se metiese.
            No era un niño de costumbres extrañas ni de manías. No coleccionaba cromos, como sus amigos, ni se quedaba a jugar a las canicas ni salía a montar en bicicleta por el pueblo como hacían los demás. Su único afán era recoger plumas, pero eso nadie lo sabía, era un secreto. Le daba igual que fueran de las tórtolas que anidaban en los pinos del barranco, de las gallinas de los corrales aledaños, de la familia de abubillas que volaban por la finca de Don Tomás o de la infestación de cotorras verdes que tenían su paraíso en el casetón del viejo motor del riego comunitario. En sus frecuentes paseos, siempre solo por los caminos del término municipal del que nunca se alejaba, no había pluma perdida que se escapase a su vista de niño y que no terminase escondida en la bolsa que guardaba, como un tesoro, en el altillo del armario que había en su habitación.
            Llevaba ya más de dos años recogiendo plumas, pero juzgaba que aún no eran bastantes para el propósito que tenía en mente. Su plan, que se iba agrandando en su cabeza, que se perfeccionaba y se llenaba de detalles noche a noche, estaba en vías de materializarse. Pero tenía que ser pronto. Con el paso de los días advertía que debía darse prisa o no llegaría a tiempo. Las tormentas cada vez era más grandes, los truenos más frecuentes y ruidosos y los relámpagos, en forma de puño, caían como furiosas granizadas sobre la cara y el cuerpo de su madre cada vez con más frecuencia. Con angustiosa, hiriente, demoledora frecuencia. No le quedaba mucho tiempo.
            Tuvo que robar una sábana del tendedero de la vecina; fue la única manera que se le ocurrió de conseguir la tela que necesitaba. Después visitó la mercería. “Mi madre me ha encargado hilo amarillo y agujas de coser”, dijo. Había roto su hucha. No debía ser tan difícil eso de coser, había visto a la abuela hacerlo cientos de veces. Descubrió que cortar el lienzo grueso de algodón no era tarea sencilla cuando solamente se cuenta con unas tijeras escolares, pero no se atrevió a coger las de la cocina, lo tenía prohibido. Además, emplear esas tijeras bastas que su madre usaba para limpiar el pescado no era lo más apropiado. Los peces solamente nadan, no vuelan. ¿Y si los residuos de esos animales contaminaban su trabajo y lo que iba a construir no funcionaba? No podía arriesgarse. Las sábanas, cuando las inflaba el viento, parecían volar. Las plumas eran lo que permitía a las aves desplazarse por el aire. Cualquier cosa que no fuera eso no le servía.
            Una noche de gritos y cristales rotos, escondido bajo la cama, dibujó sobre la tela robada dos grandes alas. Trabajosamente, haciéndose ampollas en sus dedos de niño aterrorizado, cortó con sus diminutas tijeras de colegial, sacó la bolsa de las plumas y empezó a coser. Las prendía de una en una, muy seguidas, para no dejar trozos de tela a la vista. A los pájaros no se les veía la piel, de modo que aquellas alas tampoco debían tener vacíos o no servirían. Se quedó dormido bajo la cama varias noches seguidas, agotado de coser, de llorar y de escuchar las voces, los ruegos, los insultos, las débiles quejas de su madre, los golpes, las patadas, los muebles volcados. La violencia le agotaba las fuerzas. El tiempo se acababa, podía percibirlo. 
            La última noche se durmió, agarrotado y vencido, a falta de una pluma por coser. Demasiado tiempo de infierno para un niño de apenas ocho años. Despertó al alba, prendió esa última pluma de rayas blancas y negras con dos alfileres, abandonó su refugio bajo el lecho y corrió a la cocina con las alas en la mano. Iba a ponérselas en la espalda a su madre para que pudiera salir volando de la casa. Solo así él no podría alcanzarla. Solo así sería libre y su marido no podría pegarle nunca más. Él era muy pequeño, no podía defenderla con su cuerpo ni con sus puños, pero con su ingenio y aquellas alas iba a conseguir salvarla, alejarla del monstruo que la estaba matando por episodios, como los malos seriales de la radio.

            Cuando llegó la policía le encontró arrodillado en el suelo de la cocina, cosiendo aquellas alas inútiles a la ropa que llevaba puesta su madre. Le hablaba dulcemente, como si rezase. “No te preocupes, mami. Con estas alas vas a volar lejos y ya verás cómo él no vuelve a pegarte. Cuando te hayas ido haré unas nuevas para mí e iré a reunirme contigo donde nunca nos pueda encontrar. No te preocupes, mami, yo te salvaré”, musitaba. Ni siquiera se había dado cuenta de que ella ya estaba muerta.

miércoles, 20 de julio de 2016

EL BIZCOCHO DE CHOCOLATE

Sole tenía mucho cuidado con lo que comía. Era vegana, o sea, vegetariana pura, y sólo comía vegetales y legumbres, ni siquiera el huevo y la leche entraban en su dieta. Pero como la variedad de productos era muy amplia y su imaginación en la cocina no tenía límites no echaba de menos la carne ni el pescado ni nada de nada. Solía surtirse de verduras y frutas frescas en las huertas de los pueblos cercanos a su ciudad, compraba directamente a los agricultores; siempre prefería acudir a aquellos que no empleaban pesticidas, los que combatían las plagas con productos naturales o con otros insectos. Era mejor una fruta fea pero sabrosa a una reluciente de ceras y conservada en cámaras, y tenía la suerte de poder elegir.
            Un día quiso invitar a sus amigos a una pequeña fiesta. Para ello compró té y hierbabuena, y se dispuso a preparar un sabroso bizcocho de chocolate. Tenía la harina, la leche de soja, el azúcar de caña, naranjas recién cogidas, levadura… De pronto se dio cuenta de que no le quedaba ninguna tableta de cobertura de cacao. Era tarde para buscarlo en la tienda de alimentos orgánicos donde lo compraba habitualmente, pero pensó que no pasaría nada si por una vez emplease el que venden en el supermercado. De una carrera, mientras el postre subía en el horno, bajó a comprarlo.
            Una vez terminado el bizcocho fundió el chocolate para cubrirlo y lo extendió con mimo hasta cubrir toda la superficie esponjosa con aquel fluido marrón oscuro-casi negro fragante y apetitoso. La verdad es que olía muy bien, la combinación con la naranja era una delicia, a sus amigos les iba a encantar. Contenta preparó el té, la hierbabuena y el limón, y mientras terminaba de poner la mesa sonó el timbre: sus invitados comenzaban a llegar. A Sole le encantaba abrir su casa y cocinar para las personas a las que quería. Iba a ser una tarde de lo más divertida.
            Todo empezó muy bien. Había risas, bromas y conversaciones de todo tipo. El bizcocho estaba delicioso, el té calentito animaba por dentro como ninguna otra cosa. Pero de pronto, sin saber por qué, sus amigos comenzaron a discutir. Se enzarzaron de tal manera que tuvo que poner orden y enviar a varios a su casa. El resultado fue que el resto, molestos por lo que había pasado, también se marcharon. Sole estaba perpleja. ¿Cómo podía ser que una reunión divertida e inocente entre amigos se hubiera convertido casi en una batalla campal?
            Se fue al campo a charlar con el naranjo cuyos frutos le habían servido para hacer el bizcocho. Tal vez el árbol supiese algo. De la harina estaba segura, era de cultivo biológico certificado, pero el trigal le quedaba lejos como para ir a hablar con las espigas. El naranjo, preocupado, le dijo que no era culpa suya, que estaba sano. No tenía tristeza, negrilla ni mosca, tampoco hongos ni nada que pusiese en peligro su salud ni la de sus frutos. El problema estaba en otra parte y para averiguarlo necesitaba algo de tiempo. Tenía que enviar mensajes a través de los riachuelos subterráneos. Esos pequeños cauces de agua conectaban unos con otros formando una red que llegaba a todos los confines del planeta, y a través de esa red se alimentaban y comunicaban todos los vegetales que crecían plantados en la tierra. Seguramente alguno sabría algo al respecto y podría aclarar aquel inexplicable suceso.
            Sole se fue a casa muy triste. Había organizado la merienda con toda su buena intención y ahora sus amigos estaban enfadados y no se hablaban entre ellos. Estaba deseando que llegase el día siguiente para poder hablar de nuevo con el naranjo, a ver si había conseguido averiguar algo. Miró los restos del bizcocho y, contrariada, los tiró a la basura.
            En cuanto amaneció se fue al campo, tal vez al fin el árbol tuviera la respuesta a tanto mal humor. Y así era: le dijo que había recibido un mensaje desde América. Procedía de las plantas de cacao. Por lo visto los cultivadores que gestionaban la plantación en la que vivían intoxicaban tallos, hojas, raíces y frutos periódicamente con productos químicos. Según ellos lo hacían por el bien de las plantas, pero el bienestar que perseguían en realidad era el de sus propios bolsillos. Sí, la producción era mayor, los bichos no la atacaban, el sabor apenas variaba, pero los frutos ya nacían enfadados, irritados por tanto insecticida y tanto abono químico, iracundos y frustrados por no poder crecer de forma natural. Por eso sus amigos, al comer el chocolate, se habían contagiado de su mal humor y habían terminado discutiendo. “Vaya”, pensó Sole. “Esto me pasa por comprar productos de las multinacionales. La próxima vez que tenga prisa y no pueda ir a la tienda de alimentos biológicos haré el bizcocho sin chocolate”. Y se puso a pensar cómo podía arreglar semejante lío.

            Al día siguiente organizó una nueva merienda de desagravio; utilizó mermelada de fresas que tenía hecha desde la primavera para un nuevo bizcocho al que añadió una pizca de albahaca feliz procedente de la maceta que tenía en el balcón. Solía cantar con aquella planta y hacerle cosquillas, por eso sabía que siempre estaba contenta y que su alegría se podía también contagiar, igual que el enfado del chocolate. Al final de aquella reunión todos se despidieron con abrazos y risas. Sole cerró la puerta al último invitado que se marchaba y respiró aliviada.

jueves, 7 de julio de 2016

BRÓCOLI Y FLORES


            La primera vez que vi a Mario se me puso el estómago del revés. Me pregunté cómo era posible sobrevivir a semejante golpe, qué clase de milagro había conseguido que aquel cráneo deshecho aún pudiera albergar actividad. Lo suyo pasó hace ya muchos años, cuando la sensación de inmortalidad que da la adolescencia le deshizo el porvenir a un muchacho como otros muchos que todos podemos conocer. “Era tan guapo”, me decía su madre. Claro que lo era. Era guapo porque era un chico sano y normal. Se subió a una moto ajena una mala tarde, ni pensó en ponerse casco ni en ir andando. Tampoco pensó en lo frágil que es una cabeza humana si la comparamos con el asfalto o el bordillo de una acera. No pensó, y eso hizo que ya nunca más pudiera pensar. Crash. Y durante meses, nada más.
            Ahora Mario, ojos abiertos y sonrisa cambiante, es un niño pequeño. Alto, pero siempre sentado. Un niño cincuentón vestido con ropa cómoda al que todo el mundo saluda cuando lo pasean por la calle. Un chiquillo cuya voz cavernosa sorprende, los días en que puede articular alguna palabra, por lo profunda y anciana que es. No pega con el resto, aunque en él nada hace juego, ni el cuerpo con la edad, ni la mente con el cuerpo, ni la voz con lo demás. Él no volará del nido, no trabajará ni le despedirán ni se casará ni se divorciará ni tendrá hijos. Su vida se detuvo a la vez que aquella moto lo tiró al suelo, caballo desbocado y desconsiderado, para convertirlo en lo que es.
            Su madre sonríe. Le habla como a un niño. Le alimenta, le cambia, le viste, le desviste como a un niño. Está cansada, pero no lo dice con la boca. Lo dice con la espalda encorvada y las rodillas hinchadas, lo dice con los calmantes para el dolor y con el dolor sin calma que se asoma a sus ojos. “Yo puedo sola, es mi hijo”, dice. Le ha costado mucho dejarse ayudar, como si pensara que le estaba fallando a su niño. Pero no, no fue ella quien le falló al chaval. Fue aquella maldita, la mil veces maldita motocicleta. Una máquina que ha salido inmensamente cara, y no solo en dinero. También en emociones.
            A veces afeito la barba de hombre del niño Mario y pienso que la vida no es justa con algunas personas. Nada, nada justa. Pero en ningún reglamento ni constitución dice que deba serlo, quienes debemos ser justos somos los humanos. Nosotros podemos y muchas veces no lo somos. La vida no tiene alma, no elige por nadie ni sabe lo que está bien o lo que es conveniente. Es ciega, sorda, muda y no tiene conciencia ni memoria. La vida, simplemente, empuja las cosas sobre las ruedas de nuestras decisiones, y deja que lleguen hasta donde quieran llegar. Le da igual el resultado. Ella no tiene la culpa. Nosotros sí. Mario decidió mal y perdió, perdió por él y por todos los que le quieren, porque su condena, desgraciadamente, es para toda su familia. Mientras viva, por lo que es su vida. Cuando muera, porque habrá muerto.
            Mario y yo hemos llegado a querernos mucho. Ser cuidadora de discapacitados severos te puede llevar a cosas así, a entenderte con algunos pacientes de tal manera que se conviertan para ti en seres queridos. No te pasa con todos, solamente con algunos, pero te pasa: el trabajo deja de ser trabajo y se convierte en otra cosa. Otras familias, a veces, me han regalado flores. Ellos no pueden permitirse gastos así, de modo que un día comenzaron a traerme brócoli de su pequeño huerto. No tenían por qué, pero ellos entendían que sí. Hermosos y redondos brócolis. Y calabacines. De vez en cuando, algún tomate, grande y maduro. Esas verduras no saben como las de las tiendas, son un lujo diferente e infinitamente más sabroso. Son más tiernas, más ricas porque no solamente nutren mi cuerpo, alimentan mi sentido de la humanidad. Son mucho mejores que flores, como delicadas orquídeas de cariño que florecen desde las torpes manos de Mario y vienen a mí a través del agradecimiento de sus padres, y las tomo con un sentimiento que no puedo explicar. Regalos que valen más que el oro. Para mí lo valen.
            Ya no trabajo con Mario, mi contrato con la empresa que llevaba ese servicio ya terminó. Pero formará siempre parte de mí; cada vez que cocine brócoli veré su sonrisa desigual, su cabeza singular y la gratitud, tan sencilla como inmensa, de esa familia. No puedo decir que no haya sido bien pagada.
Vuelvo a casa, vuelvo a escribir. Gracias por seguir leyéndome.  

domingo, 5 de junio de 2016

EL COLOR DE LAS ROSAS

Había una vez, en una ciudad cualquiera de un lugar cualquiera del mundo, un botánico llamado Frito. No se llamaba así en realidad, como ya habréis supuesto; el sobrenombre le venía por una manía que había ido desarrollando a lo largo de los años, y era la de gritar de rabia cuando sus experimentos vegetales no salían bien. Los vecinos y paseantes que andaban cerca de su invernadero, que estaba situado junto a su casa en las afueras de la ciudad, le oían a menudo vocear dirigiéndose a los rosales: “¡Me tenéis frito! ¡Frito!”. Por eso ya nadie recordaba que su nombre era Franz, quizá muchos ni siquiera llegaron a saberlo nunca, y todos le conocían como Frito.
            Hoy en día, hay que reconocerlo, las rosas son las reinas de las flores. Las orquídeas son muy bonitas, sí, pero delicadas y difíciles de cultivar. Las rosas, sin embargo, crecen en cualquier jardín al que se dedique un poco de tiempo, incluso en una triste maceta pueden prosperar. Pero en aquel tiempo nadie regalaba rosas a la persona amada ni a las madres, ni las ponía en los bordes de los senderos que conducían a las casas ni en los parterres de las urbanizaciones, sencillamente porque esas flores no tenían color. Eran verdes, como pequeñas lechuguillas sobre sus tallos espinosos. No tenían más atractivo visual que una col de Bruselas, ni más aroma que el que puede tener una endivia o una mata de tréboles. Frito creía en su potencial como flores ornamentales y llevaba años tratando de colorearlas, pero no había conseguido nada. Al principio había probado sumergiendo los tallos de las flores cortadas en líquidos teñidos de distintos colores; esperaba que los pétalos, al beber de aquel agua artificialmente colorida, mudasen su verde natural desde dentro. Lo único que consiguió fue que las rosas se quedasen secas en pocas horas. Después lo intentó pintándolas con distintas clases de pigmentos, pero eso marchitaba los pétalos y las flores olían a acrílico que apestaban. Probó injertando los rosales con los bulbos del tulipán y rociando la planta resultante con perfume de violetas dulces, y en lugar de flores de colores nacieron una especie de engendros vegetales parecidos a pequeñas manzanas marrones, pero no eran siquiera comestibles y olían a lilas marchitas y medio podridas. Después de años de investigación, tras un último experimento que consistió en inyectar en las raíces de un rosal mercuro cromo de curar rodillas heridas mezclado con polvo de oro, determinó que las rosas nunca, nunca, jamás de los jamases tendrían color ni aroma. Y, gritando nuevamente aquello de “¡me tenéis frito!”, arrancó todos los rosales del invernadero, los amontonó en el patio y les prendió fuego. Después amontonó las cenizas y los restos de rastrojo quemados, los metió en una gran bolsa de basura y dejó esa parte tan importante de su vida en la calle, junto al contenedor, a la espera de que el camión de los residuos la hiciera desaparecer definitivamente.
            No hacía mucho tiempo que a la casa de al lado se había mudado una pareja muy joven. Pablo y Ana, que así se llamaban los vecinos de Frito, vivían tranquilos allí, sin sobresaltarse ya por los coléricos gritos del botánico y sin meterse con nadie. Fue Pablo quien vio asomarse el brote de rosal por un agujerito que las espinas quemadas habían abierto en la bolsa de basura. Pensó que a Frito no le importaría que se llevara aquel trocito de vida verde: ya que se había salvado de la quema bien merecía una oportunidad. Estaba un poco chamuscado, era pequeño y no tenía muy buen aspecto, pero seguro que Ana, con su corazón agradecido y su sencilla alegría de vivir, lo acogería contenta y trataría de sacarlo adelante. No se equivocó, la conocía bien. Ella premió el regalo con un beso y buscó enseguida un recipiente vacío y un puñado de tierra para tratar de animar al pequeño brote.
            Con aquel diminuto proyecto de rosal, Pablo y Ana ya sentían que casi eran una familia. Cuidaron de él con mimo, lo regaron con la misma agua que ellos bebían y le hicieron partícipe de sus risas por las mañanas, de sus siestas de los sábados y de cuantas cosas les ocurrían. Ana le hablaba a menudo, cantaba coplas y tangos todos los días mientras acariciaba sus hojitas y sus tallos crecientes. A ella no le importaba que fuera un poco feo, que creciera más lento que el resto de rosales ni que las flores que fuera a desarrollar, si es que algún día conseguía florecer, fueran verdes y poco atractivas. Era su rosal y lo aceptaba como era. Cada día lo animaba a hacerse más grande, le contaba cachito a cachito la felicidad que vivía a diario en aquella casa junto a su pareja. Pablo, por su parte, evitaba que las arañas tejiesen la tela entre sus ramitas, abría las cortinas para que tuviera luz del sol y lo alejaba de la ventana por las noches para que no tuviese frío. Cuando preparaba una sorpresa para Ana se la contaba al rosalillo muy bajito, como uno hace cuando le cuenta sus planes a un amigo. Ella también le contaba a la planta sus proyectos de futuro, se sentaba a estudiar junto a la maceta y le recitaba los temas que tenía que aprenderse.
            El rosal estaba un poco confuso. Había nacido en un invernadero lleno de rosales tristes sometidos a tortura, quemados con productos químicos, agredidos con injertos antinaturales, rociados con aceites y pinturas y toda clase de agentes agresivos que los asfixiaban y hacían que sufriesen, y todo porque quien debía cuidarlos únicamente quería cambiarlos y que dejasen de ser lo que eran para convertirse en otra cosa distinta. No había conocido otra vida que esa hasta el día del fuego, y sin embargo después todo había sido tan distinto… La suerte y la naturaleza le habían regalado una segunda oportunidad, y era tan sencilla y bonita la vida que tenía junto a Pablo y Ana que solamente podía sentirse feliz. No tenía miedo, crecía sin presiones, nadie le intentaba obligar a ser lo que no era. Podía existir sin más; eso, agua, luz y algún abono era todo lo que necesitaba para crecer. Y eso iba a hacer: crecer, hacerse grande para que Ana y Pablo estuviesen orgullosos de él.
            El día en que dio su primera flor verde, sus amigos y protectores le hicieron una pequeña fiesta. Contentos, lo regaron con una taza de agua y dos gotas de fertilizante y le regalaron una maceta nueva, más grande y decorada con lunares, como los trajes de flamenca. Dos días después nacía la segunda flor. Era de color rosado, producto del agradecimiento. La tercera fue amarilla, contagiada por la alegría que sintieron todos al ver que los milagros existen. La cuarta, roja, fue producto del beso que Ana dio a las hojas más antiguas del rosal. Tan feliz era la planta y tantas ganas tenía de decirles a sus protectores lo mucho que les quería que, con mucho esfuerzo y un inmenso cariño, desarrolló una fragancia especial y desconocida, un aroma que era, en su idioma vegetal, la manera de decir: “gracias”. Desde aquel día el arbusto espinoso nunca más dio flores verdes. Fue trasplantado al jardín, de sus tallos salieron esquejes que produjeron capullos multicolores de intensa fragancia agradecida, y ese fue el origen de las rosas que conocemos hoy en día: todas provienen de aquel rosal original.
Frito, el botánico, incapaz de soportar la idea de que sus vecinos hubieran conseguido sin esfuerzo lo que él no había logrado pese al mucho empeño que había puesto, cambió de oficio y se dedicó a la escultura: el barro y el hierro, elementos muertos, sí podían tomar la forma que él quería. Acababa de aprender que los seres vivos son lo que son, y si los amamos no debemos tratar de cambiarlos. Intentarlo hará que los perdamos para siempre, y a nosotros nos matará verlos florecer en otro jardín. Solamente respetando su naturaleza lograremos que den los mejores frutos, solamente dejándolos ser podremos disfrutar de ellos en su plenitud. Recordadlo siempre, nunca se sabe cuándo pondrán en vuestras manos un rosal, un amor, un hijo. Recordadlo y lograréis estar más cerca de la felicidad.


martes, 8 de marzo de 2016

LAS KLOPOWITZ

            Cuando era pequeña me preguntaron en el colegio qué quería ser de mayor. Yo dije que maestra, peluquera o “sacerdota”; recuerdo que mi profesora se moría de risa, y el resto de niñas (lo de los colegios mixtos aún no se estilaba) también. Doña Teresa, mi maestra, se rio tanto que no pudo evitar contárselo a mi madre en cuanto la vio en la puerta, ante el pitorreo general de cuantos pudieron escucharlo. La reacción en cadena que se pone en marcha en estos casos os la podéis imaginar: mamá se lo cuenta a papá que también se ríe ante los hermanos mayores que también se ríen, luego se lo cuentan a los abuelos, que se tienen que sentar porque tanta carcajada junta les afloja las piernas… Es de esas cosas que le sonrojan a una cuando salen a la mesa en todas las comidas familiares. Pero finalmente creces y comprendes que esas pequeñas meteduras de pata infantiles tienen un encanto que jamás se repite en el resto de la existencia, y que esa situación, que en aquel momento hizo que deseases que se te tragase la tierra y te pareció un verdadero drama, estaba lejos, muy lejos de ser un auténtico problema. Al final terminé siendo cuidadora geriátrica, lo cual no tiene nada que ver con esos oficios que inicialmente yo deseaba desempeñar, pero de la anécdota escolar que acabo de referir me ha quedado una manía: me disgusta profundamente que nadie se ría de los demás. Me molestan los motes despectivos, los comentarios jocosos por la espalda aprovechando el aspecto, el hablar, el estado mental o las rarezas de nadie, me parecen imperdonables faltas de empatía. Por eso no me hizo ninguna gracia que a aquellas dos mujeres, cuando ingresaron en la residencia en la que yo trabajaba, les pusieran ese apodo, “las Klopowitz”. El nombrecito no estaba exento de ingenio, enseguida entenderéis por qué, pero esa tendencia del resto del personal a burlarse de ellas por lo que eran me impulsaba a mí, si cabe, a cuidarlas con más ternura y más mimo.
Isadora y María del Prado fueron dos de los personajes más entrañables que he conocido a lo largo de mi ejercicio profesional. Eran hermanas, y procedían de una de esas familias del norte compuestas por industrial acaudalado o indiano con fortuna, esposa legítima y de buena cuna, doce o catorce hijos, casa solariega de piedra con blasón sobre la puerta, piano, sedas, alfombras, ama de llaves y doncellas, todo ello encuadrado en la España de los años veinte. Fueron las dos hijas más pequeñas, las mimadas por todos, educadas para ser señoras y no para trabajar en nada. Pero llegó la guerra, y para su desgracia no encontraron marido a la altura; ni que decir tiene que aún quedaban hombres en España, desde luego, pero jamás se habrían casado con un labrador, albañil o panadero, en parte porque sus padres no lo habrían permitido, en parte porque ellas tampoco habrían querido menos de lo que siempre les dijeron que merecían. El considerable patrimonio que heredaron de los padres les dio para vivir muchos años, pero las rentas disminuyeron, tuvieron que ir desprendiéndose de propiedades, prescindiendo del servicio, y a la vejez se vieron con dos pensiones mínimas por no haber tenido un empleo en su vida, casi recluidas en un piso de la ciudad y sin poder pagar a nadie que las atendiese. Cuando ingresaron en la residencia eran, de todos sus hermanos, las únicas que aún vivían. Según sus documentos, aquellos cuerpos secos de mirada perdida contaban ochenta y nueve y noventa años respectivamente.
            Yo estaba de turno el día en que sus sobrinos las trajeron al centro de mayores; lo primero que hicieron fue llenar la habitación de recuerdos de los felices años veinte, de fotos de época en marco de plata, imágenes de sus vestidos lujosos, del Rolls en la puerta, de las fiestas, las diademas de plumas y los collares de perlas, de los eternos veranos en la playa del Sardinero con bañador largo, gorro de volantes y sombrilla de rayas. Se les permitió poner alfombras de pie de cama, fue una de sus exigencias. Recuerdo perfectamente sus apellidos aristocráticos, pero en poco tiempo únicamente yo las llamaba por sus nombres; el resto de trabajadoras ya solo las nombraba como “Las Klopowitz”.
Voy a ahorraros el episodio del estado higiénico en el que llegaron, los argumentos que tuve que emplear para meterlas en la ducha (en los geriátricos, por lo general, no suele haber bañeras), la ausencia de ropa en sus baúles y las tardes que pasé rescatando vestidos de su talla en el ropero, procedentes de donaciones y de otras residentes fallecidas, para poderlas cubrir con dignidad. Tantos cambios en poco tiempo revuelven el ánimo de cualquiera, y más de los mayores, tan apegados a sus costumbres; sin embargo, a ellas la nueva situación no pareció alterarlas en absoluto. Aparentaban estar a gusto, contentas, siempre apacibles y correctas: buenos días, buenas tardes, por favor, gracias, sírvame el café si es usted tan amable, no olvide cambiar las sábanas de mi cama, no están bien planchadas. Pronto me di cuenta de que Isadora y María del Prado vivían en un mundo imaginario en el que la cruda verdad de su presente no llegaba a entrar. La demencia senil, que en otros casos es una terrible maldición, a ellas las salvó de una realidad más que penosa. Sus mentes no resistieron, ahítas de dificultades que nunca esperaron tener que afrontar, y se refugiaron en los años de su juventud, cuando todo a su alrededor eran flores, música y buena vida. En esa época todo era fácil, y solo viviendo en tal fantasía se sentían a salvo. Para ellas la residencia no era una institución benéfica, sino un “balneario de descanso”. Nosotras no éramos auxiliares de geriatría, sino doncellas de hotel, y como a tales nos hablaban. “Señorita, en mi habitación se ha agotado el jabón de manos. Recuerde que preferimos el de sales de Pravia”. Yo les ponía el mismo que a todas, pero me costaba poco decirles: “Aquí lo tienen. ¿Es de su gusto?” Siempre lo era, ya no distinguían un aroma de otro. Olía bien, hacía espuma y punto. Suficiente.
            Me gustaba ir a ratos a hacerles compañía cuando no estaba de turno. Me contaban historias de sus años dorados, de sus clases particulares de piano y de modales para señoritas, de las familias con las que se relacionaban, algunas de apellidos muy, pero que muy conocidos. Siempre me preguntaban si fumaba. Yo mentía y decía que no. “Menos mal, señorita. No queremos a nuestro servicio mujeres que fumen, es una costumbre horrible y muy poco femenina. Y arruga la piel. Por eso nosotras la tenemos tan fina y tersa, porque no hemos fumado nunca. ¿Lo ve usted?” me decía la mayor de las dos, Isadora, acariciándose la mejilla. Estaban como dos pasas, pero yo les daba la razón. A veces les llevaba muestras de crema facial a escondidas, se las dejaba en el cuarto de baño y ellas, coquetas, se la ponían toda. Incluso en ocasiones, por Navidad, las ayudaba a pintarse. “Las señoritas bien, como nosotras, deben arreglarse para las fiestas. Es esencial aparentar lo que uno es, ¿no cree usted? Las uñas en tono burdeos, por favor. A mi hermana pínteselas en rosa, le sienta mejor al tono de su cutis”.
            La más joven, que estaba aún peor de la cabeza que la otra, me daba dos pesetas de propina cuando le arreglaba los pies o le ponía los rulos. A la mayor no le gustaba, decía que el sueldo de doncella ya estaba bien como para encima andar dando propinas. “Luego se acostumbran a ganar mucho y piden más sueldo, así son los pobres”. Creía que yo no la podía oír, no lo decía para ofenderme. Las enseñaron a pensar así, solo que una era más compasiva y agradecida que la otra. “Señorita, lleve mi vestido al tinte, por favor. Lo necesito para mañana”. Yo decía que sí, lo ponía con todos en el carro de la lavandería, y luego se lo entregaba envuelto en un plástico, como si viniera de verdad de la tintorería. Siempre era el mismo plástico, lo guardaba en mi taquilla de una vez para otra. Me costaba muy poco hacer esas cosas. Darles con su realidad en la cara no era la mejor forma de hacerlas felices.
            De ilusión también se vive, y yo mantuve la suya cuanto pude. Puedo imaginar cuánto debieron sufrir al ver que su mundo de lujo y comodidad se desmoronaba; procurarles esas pequeñas alegrías era un modo más de cuidar de su salud, y para eso están las residencias, ¿no? Casi todo el personal, de un modo u otro, se reía de ellas, pero no delante de mí, porque no permití burlas a su costa. Pobres mujeres, bastante tenían. Me producían tanta ternura que no dejé de mentirles hasta que murieron.
La menor se fue sin ruido, mientras dormía la siesta. Su hermana, preocupada, preguntaba continuamente por ella. Yo le decía que había ido a pasar unos días con sus primos a la casona que tenían en Comillas, y ella lo aceptaba con una sonrisa, pero pronto dejó de comer. A pesar de mi engaño y de ignorar que había muerto, Isadora no supo vivir sin María del Prado, languideció y se dejó ir en poco más de tres semanas.
Con las historias que me contaban, aquellas vivencias de su juventud despreocupada y feliz, se habría podido escribir un libro entero, documentado con las fotos sepia que sus sobrinos se llevaron al vaciar la habitación para que entraran otras dos residentes. Yo me quedé de ellas lo mejor: sus miradas agradecidas, llenas de ilusión de seguir siendo aquellas dos señoritas de buena familia, con sus nombres aristocráticos, sus apellidos de campanillas, su ama de llaves, planchadora, sirvientas, veranos en la playa y temporadas de descanso en el balneario.

Una vez, cuando yo era pequeña, me preguntaron qué quería ser cuando fuera mayor. Dije que maestra, peluquera o “sacerdota”, ¿recordáis? Pues he llegado a ser mucho más que eso para personas como Isadora y María del Prado, “las Klopowitz”. Peluquera, esteticista, costurera, podóloga, doncella, enfermera, compañía, respeto, consuelo, compasión. Cariño. La última sonrisa para personas a las que se les acaba el tiempo. Mucho, muchísimo más que lo que soñé de niña, ¿no os parece?