jueves, 20 de julio de 2017

LLUVIA DE BARRO

            Coincidiréis conmigo en que estos pequeños chaparrones veraniegos en los que cada gota de agua viene llena de barro rojizo son un auténtico fastidio. En los días siguientes a cada una de estas lluvias sucias la cola de coches que se forma en los lavaderos es francamente inusual, pero es que da asquito mirar en qué estado quedan los vehículos: ni se ve por el parabrisas, ni puedes tocar la portezuela para entrar o salir sin mancharte… Eso por no hablar de los cristales de las casas, que no queda más remedio que limpiarlos para eliminar los churretes, y ¿qué decir de las terrazas? Barrerlas, fregarlas, pasar con la manguera sillas, mesas y plantas, sacudir toldos y rezar para que tarde mucho en volver a caer una precipitación parecida. Para todo el mundo es un gran fastidio cada lluvia de barro.
            La semana pasada me di una paliza de escándalo limpiando ventanas, el balcón estaba hecho un desastre y la ropa que tenía tendida tuvo que volver de cabeza a la lavadora. Eché casi el día entero arreglando el desaguisado, sin contar con lo que me costó en moneditas de un euro (una detrás de otra, clin, clin, clin) limpiar el coche hasta dejarlo medianamente decente. Eso fue jueves. El viernes, para mi desgracia, el viento del desierto del Sáhara volvió para reírse de mí, preñó de nuevo las gotas de lluvia de su polvo rojo maldito y volvió a precipitarse el barro sobre mi ciudad. Cuando me levanté y vi de nuevo todo por limpiar casi me da algo.
            Soy una mujer bien educada, lo prometo. Casi no digo tacos en público, mantengo la compostura, trato a los mayores de usted y les cedo el asiento en el metro, pido las cosas por favor y doy las gracias. Pero todo eso se me olvidó por un rato cuando miré al ventanal del comedor y no vi la calle por culpa del barro que había pegado al cristal. No he estudiado arameo, pero usé esa lengua y algunas más para maldecir al siroco, al desierto, al polvo, a las nubes y a la madre que los trajo a todos. Y claro, vuelta a empezar con la limpieza, vuelta a lavar la ropa, y no os enumeraré el resto.
            Dos días. Ese fue el plazo que tuve para respirar. Y al tercero, un nuevo chaparrón de barro. No podía ser verdad, parecía que el viento sahariano se reía de mí a mandíbula batiente. Lo imaginé personificado en un sujeto gordo y de piel barrosa, con turbante, un chaleco que dejaba ver su prominente barriga, bombachos morunos, babuchas de puntera enroscada y una risa burlona y odiosa bailando entre sus mofletes inflados, llenos de aire para empujar su maldito polvo hasta mi cielo más próximo. Cerré los ojos para visualizarlo bien en mi mente y maldecirle en italiano, alemán y cuantas lenguas me facilitó el traductor de Google. Cuál sería mi sorpresa cuando, aquella misma tarde, le vi. ¡Sí, le vi, con estos ojitos que llevo incrustados en la cara, lo juro! De hecho pensé que soñaba, o que deliraba, pero no. Era él, estaba ahí, tal y como yo lo había imaginado.
El lugar de tan sorprendente avistamiento fue la parte de atrás de la gasolinera de mi pueblo. El gordo ventarrón charlaba animadamente con el dueño del establecimiento. Los dos se reían y se repartían los beneficios del tren de lavado de coches y de las maquinitas malditas que te dispensan agua jabonosa a presión a través de una lanza que sí, limpiarás el vehículo, pero tú te pones perdido de salpicaduras. Ya me parecía a mí mucha casualidad, pero ¿cómo se hace para denunciar al viento por corrupción, cohecho, asociación ilícita y estafa? ¿Eh?

Me enferman las impunidades, pero he decidido abandonar la lucha. Si por casualidad veis un coche en carretera que es como una albóndiga de barro sobre ruedas, no os asustéis, soy yo. Porque hasta que venga el invierno me niego a ir al lavadero. Por mí pueden crecer patatas en el suelo de la terraza, viviré a oscuras si no entra la luz por los cristales de mis ventanas, secaré la ropa con el secador de pelo. Pero a mí el maldito del turbante no me condiciona más el verano, lo juro.

lunes, 13 de febrero de 2017

EL PROGRAMA DE RADIO

“No me gusta la tele, no cuenta más que desastres y mentiras”. Eso me dice Juani siempre que voy a su casa a trabajar; ella es una de mis pacientes de atención domiciliaria. No es una anciana como otras muchas que tengo y he tenido bajo mi cuidado, ella no se pasa el día sentada delante del televisor, y eso que sus limitaciones físicas apenas le permiten andar y sus hermosos ojos ya no ven a coser y apenas a leer. La solución más fácil para matar las horas de forzosa inactividad habría sido la pequeña pantalla, esa “caja tonta” que ahora ya no tiene forma de caja sino de cuadro para colgar de la pared, pero a Juani no le sirve. Más pronto la desprecia que otra cosa, no gusta de las telenovelas, los informativos la ponen enferma de preocupación o de pura mala leche, las películas se le hacen difíciles de aguantar porque están llenas de violencias físicas y emocionales que le parecen “sufrir gratis”, como ella dice. A Juani lo que de verdad le hace disfrutar, de toda la vida, es la música y los buenos programas de radio.
Me gusta ir a su casa a trabajar. Me gusta teñirle el pelo, arreglarle las uñas, cuidar de su salud y oírla hablar de los conciertos a los que iba cuando podía salir con libertad y sus piernas aún le obedecían. Y me gusta planchar su ropa y la de Berto, su marido, mientras ellos escuchan la radio. La pareja se sienta en la salita, él conecta el aparato y pasan horas y horas disfrutando de los programas de una radio local. “Bienvenidos a Pentagrama Poético, su programa favorito en Radio Sol”. Oigo al locutor hablar con voz de terciopelo y cuero, varonil pero acariciante. Recita poemas, cuenta noticias sobre bandas de música y orquestas, responde peticiones musicales de los oyentes. Pone a veces grabaciones antiguas, de esas que ni siquiera están digitalizadas, en las que se interpretan pasodobles y partituras de compositores valencianos, piezas de folklore tocadas por rondallas y cantadas en la dulce lengua de esta tierra. Les oigo a los dos, Juani y Berto, comentar en cuanto se anuncia la siguiente canción: “¡ay, esa, qué bonita! ¿Te acuerdas? Es la que solía tocar la banda de este pueblo, o la del otro, la que estrenaron en aquel certamen que estuvimos viendo en Gandía en el verano del setenta y pico”. Los dos reviven y acarician el recuerdo mientras tararean las notas que la radio va liberando al aire, y por un momento son felices. Luego oigo de nuevo al locutor: “saludo desde aquí a Pepica, de Albal, que ha llamado esta mañana a las ocho y cinco para pedir esta canción. Se la quiere dedicar a su amiga Juani, que estará escuchando como cada domingo. Para todos ustedes en general y para nuestra amiga Juani en particular, “Luna”, de la mejicana Ana Gabriel”. Y, mientras la rasgada voz de la cantante se cuela por todos los rincones de la casa, los ojos azulísimos de Juani se llenan de lágrimas, le tiemblan las manos y Berto la mira, enternecido por su capacidad de emocionarse aún ante un tema que habrá escuchado cientos de veces.
Es un gusto, lo confieso, trabajar con mayores de cierto nivel cultural. Atender a personas de edad siempre te aporta cosas, cada día terminas aprendiendo algo: un refrán, una copla, la fecha de siembra de las calabazas, cómo se lava mejor una prenda de lana, cuál es el truco para que los caracoles sepan a campo y para que no se peguen las lentejas al cazuelo en que se están guisando... Todas esas cosas van construyendo mi saber en todos los campos, pero cuando encuentro ancianos como Juani y Berto, leídos, viajados, con más o menos estudios y una franca y aún viva curiosidad cultural, amantes de la música, del teatro y de los libros, el disfrute de su conversación y de su compañía se multiplica por mil. Berto recita los poemas de Miguel Hernández y de Machado sobre la voz del locutor de ese programa radiofónico, y es un placer ver a Juani mirarlo arrobada, aunque minutos antes de sentarse en la salita hayan estado riñendo por cualquier nimiedad doméstica.
Esta mañana, mientras estaba atareada con la pedicura de Juani, me he dado cuenta de que el programa que estaban emitiendo era repetido. Recordé que, semanas atrás, había escuchado la misma noticia acerca de la fundación de una nueva banda en el barrio de San Isidro de Valencia. Se lo comenté a ella mientras atacaba su uña del pulgar derecho, siempre hincada en la carne y siempre fastidiosa a la hora de sacarla de ese mal alojamiento para aliviar la hinchazón y curar una de sus frecuentes infecciones. Sonrió y no me dijo nada, se limitó a seguir con las manos el compás del pasodoble “El Fallero”, que había comenzado a sonar. Estaba haciendo de directora de una banda imaginaria, la lima de uñas en su mano diestra a modo de batuta, los ojos entrecerrados, los labios apretados. Suele usar la música como analgésico para esos pequeños ratos de molestia, es enemiga de las pastillas y no toma ninguna que no sea estrictamente necesaria; en el tiempo que llevo con ella he aprendido que no debo interrumpirla en esos pequeños trances para no disipar la concentración que la ayuda a controlar el dolor. Con las últimas notas terminé de desinfectar su dedo y me miró. “No me digas que no te has dado cuenta de que tenemos los programas grabados”. Por mi cara de pasmo adivinó que no. Así es, no había reparado en que “Pentagrama poético” estaba atrapado en una cinta de cassette. Por eso se saben los poemas, por eso tararean todas las piezas. El programa hace años que desapareció, le quitaron la licencia a la emisora local, el locutor está ya una década retirado. La amiga Pepica de Albal murió en el 2.003, y ellos guardan como tesoros docenas de cassettes con los programas que llenaban sus domingos de emociones y sonrisas para seguir saboreándolos. “Ya no se hace radio como esta”, comenta Berto. “Ahora solamente saben poner música de mover el culo, eso ni es cultura ni es nada. Donde esté una buena zarzuela, un pasodoble y una jota bien cantada, que se quite todo lo demás”. La tecla del reproductor salta, la cinta se ha terminado. “Ay, Berto, pon la de aquel día en que te dedicaron esa tan bonita de Las Vistillas”. Y él, entusiasmado como un chiquillo con canicas nuevas, busca en la estantería, leyendo despacio los rótulos en los lomos de las cajitas, localiza el programa, saca el cassette y, con mimo, lo mete en el aparato y se sienta junto a ella para escucharlo cogido de su mano. Y ahí les dejo, terminado mi tiempo de hoy en su domicilio, embelesados, bebiéndose cada sonido y cada palabra como si todo fuera nuevo para ellos.

Cada hogar es una historia diferente. Entre cuatro paredes puede haber un mundo muy pequeño, reducido a una pantalla, una nevera y un sofá, o puede haber todo un universo de letras, notas, sueños, recuerdos y vivencias. Adoro caer en alguna de estas últimas: en ellas cada día es un descubrimiento.

martes, 17 de enero de 2017

TRENES Y PEQUEÑOS MILAGROS

Todo sucedió hará un par de meses. Fue como un flash, un destello en mi mente. Bueno, más que un destello yo diría que fue un fogonazo, a juzgar por lo aturdida que me dejó. Y es que, cuando juntamos Navidad, infancia, magia y música, los metemos en la coctelera de mi cabeza y agitamos un poco, cualquier cosa es posible.
            Llegué al local de ensayos cargada con mi saxo tenor, dispuesta a sentarme con él, abrazarlo como de costumbre y pasar un buen rato. Vale, sí, lo confieso: soy una de esas yonkis de la música que también disfrutan de los ensayos, que no los ven como una obligación sino como un esfuerzo placentero que ha de conducirnos a momentos emocionantes y gloriosos ante el público. Sobre mi atril, dispuestas, varias partituras nuevas. Algunas obras las identifiqué inmediatamente por el título. Otras no. Una en concreto, “Vals del Emperador”, no me sonaba de nada, o eso creía yo. Comenzamos a tocar y, como siempre, la primera leída fue bastante desastrosa. Aclaro: ni yo ni la mayoría de mis compañeros somos músicos profesionales, no tenemos esa capacidad que tienen quienes se dedican por entero a esto de la música de lograr que, solamente con ver las notas, la melodía se dibuje en su cabeza tan claramente como si la estuviesen interpretando con su instrumento. Para nosotros es bastante más difícil lograr buenos resultados, pero no por ello dejamos de intentarlo con todas nuestras fuerzas. Pero bueno, sigo, que me disperso. El caso es que me fue imposible: entre el esfuerzo de no perderme en los pentagramas y meter los dedos en el sitio correspondiente a cada nota sobre la marcha, fui incapaz de reconocer la melodía. A la segunda pasada ya fue otra cosa, todo iba tomando forma, y el tema central de la partitura… esa musiquilla… ¿de qué me sonaba a mí?
            No sé si a vosotros también os ocurre: oís una canción, sabéis que la habéis escuchado anteriormente, pero no recordáis dónde ni cuándo, y eso os tiene intrigados hasta el punto de no dejaros dormir. ¡Ay, esas cabezas! Los vericuetos de nuestro cerebro son a veces tan intrincados que no nos permiten llegar a los recuerdos inmediatamente, pero yo, como ya he dicho antes, soy bastante insistente. Perseverante. Cabezota. El gen leonés, imagino, que no me permite abandonar nada. Yo tenía que recordar de qué conocía ese vals que se había escondido entre mis meninges y no lo lograba, pero al final encontraría ese recuerdo, averiguaría por qué razón lo había conservado en lugar de desecharlo y podría dormir tranquila. Unas horas después, mientras leía, me vino la imagen. El “vals del emperador” era la música de un anuncio. Un spot navideño, concretamente de Renfe, de hará unos treinta años, calculo yo. En él se animaba a usar el tren para volver a casa por Navidad. A ritmo de vals los trenes pasaban, en sucesivas imágenes, de izquierda a derecha, de derecha a izquierda y en diagonal, arriba y abajo por la pantalla del televisor. Recuerdo que yo era una niña y que me fascinaba aquel anuncio por la carga emocional que encerraba: tanta gente en esos trenes, todos iluminados por la ilusión de ver a la familia, tantas bienvenidas en la estación, tantos abrazos y besos y padres e hijos, tantos hermanos reencontrados y personas felices, vuelve, a casa vuelve, vuelve a tu hogar que hoy es Nochebuena, y tantos abuelitos con los ojos empañados al abrazar por fin a los nietos no podían dejarme indiferente. Para alguien como yo, que nací empática perdida y así moriré, ese anuncio era irresistible; por eso todas aquellas cosas cruzándose por las vías del ferrocarril de izquierda a derecha, de derecha a izquierda y en diagonal, arriba y abajo dentro de aquellos trenes que pasaban ante mis ojos, y también los compases del vals que sonaban, triunfantes, maravillosos, poniendo banda sonora para siempre a ese sentimiento navideño, formaron una huella que se quedó grabada en mi memoria, agazapada para reaparecer de pronto ante esa partitura. Pero ese recuerdo aún podía mejorar.
            El director de mi banda es una persona muy peculiar, uno de esos músicos genuinos que no entienden la música sin disciplina y que no tienen reparo en echar una bronca si hace falta, pero que saben exprimir a los que nos ponemos ante su batuta hasta hacer aflorar todo nuestro potencial. Al siguiente ensayo, y con el “Vals del Emperador” de nuevo en el atril, nos dio la lección de música más hermosa que he recibido nunca. Nos dijo: “dejad de ver la partitura como si fueran matemáticas. Si os obsesionáis en contar compases, corcheas, semicorcheas, puntillos, tocaréis lo que hay escrito, pero no será un vals, será otra cosa. No sé qué, pero desde luego no un vals. Hay que estudiar mucho la obra, dominar la posición de las manos, la embocadura, los picados, los ligados y los tiempos: eso son matemáticas. Pero cuando eso esté asumido hay que dejar ir las normas, respirar y sentir. Hay que bailar por dentro, susurrar, gritar, tronar, cantar en silencio con la melodía, dejarse mecer por ella. Hay que mirar mis manos pero no medir sino hacer danzar las notas con mis gestos. Hay que sincronizar lo que sentimos, como si viniese una ola que nos levantase suavemente y nos dejase caer a todos a la vez, nos llevase y nos trajese a todos al tiempo. Es muy difícil, pero cuando se consigue… Cuando eso se logra se produce un pequeño milagro, y si miráis al público veréis esa emoción en sus ojos, exactamente la misma que vosotros estáis sintiendo. Y entonces, solamente en ese instante, podréis decir que habéis hecho música”. Después de escuchar aquello, el “Vals del Emperador” comenzó a sonar distinto, y no solamente esa obra, sino todas las demás, por extensión, también sonaban diferentes.
            Un mes. Ocho ensayos. Y llegó el día del concierto. Tengo que reconocer que toqué con el estómago encogido, así soy yo, anticipando siempre los sentimientos como si pudiera olerlos antes de que se manifiesten. Pusimos en los atriles esa partitura, respiramos y nos dejamos llevar. Y se produjo el milagro: el Emperador se coronó y, mientras nosotros tocábamos y subíamos y bajábamos con la melodía, en mi cabeza los trenes volvieron a correr ante mí, de izquierda a derecha, de derecha a izquierda y en diagonal, arriba y abajo, y al terminar miré a mis compañeros y vi en su sonrisa y en sus pupilas mi propia emoción, y la vi también en los ojos húmedos y en los aplausos sorprendidos de un público que, mientras tocábamos, sintió volver la Navidad de su niñez y fue, por un instante, feliz.

            La música es un gran regalo. Usadla para que cada día sea un pequeño milagro.

jueves, 29 de diciembre de 2016

VIDEOCUENTO: "DEVUÉLVEME MIS ZAPATOS"

¡Hola a todos! Después de tres años me he decidido retomar eso de leeros cuentos. Esta vez he elegido el relato "Devuélveme mis zapatos". Si buceáis un poco en el blog podéis encontrar el texto completo si lo queréis. El enlace del vídeo os lo dejo aquí:
https://www.youtube.com/watch?v=0oQ9hzm01zk

Feliz lectura, feliz audición y un abrazo, mis Valientes.

martes, 8 de noviembre de 2016

ANÉCDOTAS GERIÁTRICAS: LA GUERRA DE JUAN

         Hace unos días cumplió 103 años. Se llama Juan y es un agricultor de un pueblo “del interior”, aunque no sé del interior de qué provincia, si de Teruel, Cuenca, Albacete, Ciudad Real… qué más da. Debió ser un hombre ágil y fibroso; ahora está delgado, casi seco, como si estuviera hecho de sarmientos recubiertos de cuero. Sus ojos se han ido haciendo pequeños, pero aún los anima el brillo de la vida. No sale a la calle sin su gorra y usa, para caminar, un bastón y la ayuda de mi mano. Cuando traspasamos la puerta formamos una especie de matrimonio desigual, él tan bien vestido con sus arrugas, su pantalón de raya y la camisa abotonada y bien planchada, yo con mi uniforme verde loro de cuidadora y mi pelo rebelde y entrecano haciendo su propia vida sobre mi cabeza. El pobre está bastante sordo, creo que por eso aún no ha aprendido mi nombre, pero me sonríe, no sé si porque se siente cómodo conmigo o porque le recuerdo a alguien conocido. A veces pregunta por su padre, su familia le dice que está en el pueblo y anda algo resfriado y que por eso no viene a verle. Sería inútil recordarle las décadas que hará que el hombre pasó a mejor vida. Juan ni siquiera sabe en qué población reside ahora, pero está con su hija, de modo que se siente en casa.
            Su caso no se diferencia, a primera vista, de otros muchos que seguramente tenéis cerca. Yo, de hecho, he atendido a decenas de abuelos así, aunque ninguno tan mayor como él, desde luego. Pero hoy Juan me ha dicho algo, algo que nadie me había dicho antes, y mira que mis pacientes, ancianos, seniles y no tanto, con demencias, Alzheimer, con cariño o con mucha mala leche, me habían dicho ya cosas de todos los colores. Sus palabras han tenido el poder de dejarme de piedra, y no he parado de darles vueltas en todo el día. Y las pronunció justo, justo después de que le diera el primer beso.
            Soy una enfermera cariñosa con mis pacientes, cuando les cojo confianza soy muy de abrazarlos y besarlos porque sé que, tanto ancianos como discapacitados, a menudo entienden antes el lenguaje de la ternura que el de las palabras, pero mis besos no son gratuitos. A algunos no llego a besarlos nunca porque no son receptivos al cariño; a otros les premio así su actitud, la sonrisa, la docilidad a la hora de ser atendidos, una mirada de esas que hablan de agradecimiento o un piropo inocente. A Juan lo he besado en la mejilla por su expresión risueña cuando le he puesto la gorra, una cara de “ahora ya estoy listo para ir al cole, mamá” que se me ha hecho irresistible. Ha saludado con la mano al chófer del centro de día con el que se va de lunes a viernes; después, cuando iba a subir al furgón, se ha dado la vuelta y nos ha mirado con tristeza, como si esa fuera la última vez que sus ojos y los nuestros fueran a encontrarse. Fue como si un negro nubarrón hubiese apagado el sol de su sonrisa desdentada. Creo que no sabía si hablar o no, pero al fin se ha decidido. “Lo único que siento es que sus van a fusilar. Esta noche, ay, tan jóvenes, tan trabajadores, tan honraos, vendrán a buscaros. Y mañana por la mañana… ay, qué pena”. Me puso la mano en el hombro con resignación, como dándome el pésame por algo que sabía cierto e inevitable y, sacudiendo la cabeza con pesar y con los ojos llenos de lágrimas, se ha metido en el automóvil. El conductor y yo nos hemos mirado y hemos sonreído, incómodos. Él, un hombre latinoamericano, no lo ha entendido. No ha sabido ver más allá del desvarío de un anciano de 103 años. Pero yo sí. Yo no puedo dejar de preguntarme qué fue lo que vio, qué fue lo que vivió Juan para que, más de setenta años después, aún sueñe con ello, aún lo perciba y lo tema como algo real. Qué manera de amanecer atroz y durante cuántas madrugadas habrá sido capaz de dejar en él una huella tan profunda, un recuerdo tan vívido que le hace temer continuamente por las personas a las que tiene cerca. No he podido evitar sentirme triste por él.

            La guerra, como decía la canción, “es un monstruo grande, y pisa fuerte toda la pobre inocencia de la gente”. Lo que pasó no solamente está enterrado en las cunetas. Lo que pasó todavía está vivo, lo estaba ayer y lo estará mañana, yo lo he visto en los ojos de Juan. El olvido no es posible. La reparación aún está pendiente, no solamente la de las vidas tiroteadas y arrojadas al mar o a las fosas comunes, sino la de vidas largas llenas de pesadillas y miedo como la de mi amigo centenario. Díganme quién le va a devolver a él las auroras de sueños plácidos y tranquilos que nunca pudo volver a disfrutar. Sus amaneceres murieron asesinados entonces, aunque él siga respirando. Díganle a Juan que lo olvide, como nos lo dicen a todos los demás. Ya verán lo que les contesta. 

miércoles, 28 de septiembre de 2016

PUES YO LA LÍO

            Hay que ver cómo cambian las cosas a medida que se cumplen años y las generaciones se van sucediendo. Es asombroso que pensemos tan diferente de como pensaban en la época de nuestras abuelas o bisabuelas. Y también es asombroso cómo se puede haber avanzado pasos de gigante en unos aspectos y pasos de hormiga, o incluso de cangrejo contestatario y cabezota, en otros. Eso me dio por pensar el otro día, y todo vino al hilo de un trabajo escolar de mi hija mayor.
            Le puse de nombre Paloma para que fuese libre y volase hasta donde sus alas quisieran llevarla. Le enseñé a pensar en la igualdad de oportunidades, en la inteligencia, en el esfuerzo y el trabajo. Le enseñé a creer en su propia capacidad sin límites, en el cultivo de la música como vía para abrir el pensamiento y en el estudio como vehículo indispensable para poder elegir el tipo de vida que se quiera llevar sin depender de otras personas. Le enseñé también que “sexo” es un acuerdo entre adultos y que lo de “género masculino o femenino” es simplemente un accidente cromosómico sin más consecuencias. Es curioso cómo los niños aceptan como auténticos dogmas de fe aquello que sus padres les explican; mi niña Paloma vivía en ese concepto de sociedad que yo le describía, desechando para ello cándidas Caperucitas, esclavizadas Cenicientas y Bellas Durmientes que necesitan de un hombre para ser salvadas. Para ella, la espada, la rosa, la pluma y la luz están en todos los corazones y en todas las manos, y las manos no son hombre o mujer, son manos, igual que las neuronas, igual que los músculos cardíacos, los hígados o las rodillas, que no son hombre ni mujer, cruz ni flecha, sino elementos valiosos y útiles en sí mismos, igual que los cuerpos que los albergan. Pero llegó aquel trabajo escolar y se dio de bruces contra la cruda realidad. Llegó el día en que tuve que decirle que hubo un tiempo en el que no tener flecha era una auténtica cruz, y que ese asunto no está del todo resuelto.
            Su profesora de ciencias, al hilo de la celebración del 8 de mayo, había pedido a todos los alumnos que redactasen una breve biografía de alguna científica en cuyo currículum figurase, al menos, un premio Nobel del ramo. Del ramo de la ciencia, se entiende, aunque la mitad de los chavales de su clase pensaron que “lo del ramo” se iba por los cerros de la Botánica y se mataron a buscar ganadores de un inexistente Nobel floral. Pero no, mi pichón lo comprendió a la primera. Nos pusimos a bucear en el océano internauta y se sorprendió al comprobar que, en comparación con la lista de nombres masculinos, mujeres había más bien pocas. Y llegó la temida pregunta: “¿Por qué, mamá?” Hale, ahí va ese toro. Explícale a una criatura de diez años lo de que no se admitían mujeres en la Universidad, que no se les permitía más investigación que la de en qué posición se pone un pañal ni más química que la culinaria. Cuéntale sin llorar que se acusaba a las atrevidas de herejía y brujería algunos siglos atrás, que después fueron ignoradas, desprestigiadas, tratadas de locas y excéntricas por osar tener más metas que ser madres y esposas. Que algunas se disfrazaron de hombre para poder acceder a los centros de estudio, que otras publicaron sus artículos de investigación bajo nombre masculino para que se prestase atención a sus descubrimientos. Que si sus maridos no auspiciaban y alentaban su trabajo avanzar era para ellas casi imposible. Que hasta sus padres se oponían a que se cultivasen como científicas. Todos estos conceptos iban cayendo como losas sobre la idea del mundo de mi primogénita, lo veía dibujado en su carita asombrada primero, indignada después, aterrada por último. Se sentía estafada por la Historia, por la Humanidad entera… y por mí. Traté de tranquilizarla, le expliqué que ahora es diferente, que no tenía que preocuparse por ese tema, pero cerró los ojos y tomó conciencia de que, en lo tocante a ciencia, hasta hace no mucho la flecha volaba disparada hacia la diana y la cruz permanecía anclada a la tierra. Después extrapoló esa idea a su vida diaria, ató cabos y se dio cuenta aliviada de que su profesora de ciencias era una mujer. Su pediatra también lo era, y la farmacéutica de nuestro barrio, y su admirada Jane Goodall, y la veterinaria de “Pelos”, nuestro perro. Un poco más tranquila después de enumerar las mujeres de ciencia que conocía continuamos con la lista de los Nobel.
            A esas alturas en el grupo de Whatsapp de su clase ya se habían chivado un par de nombres para ahorrarse unos a otros el tiempo de lectura. Previsiblemente casi todos los trabajos serían un resumen apresurado de lo que pone sobre Marie Curie en Wikipedia, tris, tras, problema resuelto y a jugar a la Play se ha dicho, pero yo enseñé a mi pájaro a no conformarse con lo de todos, de modo que continuó leyendo. Después de un par de horas escudriñando artículos, páginas de blogs del tema y demás información, la vi palidecer de pronto. La razón era evidente, se llamaba “fotografía 51 de la doble hélice del ADN”. Ya tenía el tema para su trabajo. “Mamá, voy a hacerlo sobre un Nobel robado: el de esta mujer. Se llamaba Rosalind Franklin e investigó sobre el ADN. Ella hizo la primera fotografía que mostraba la doble hélice, pero luego el premio Nobel por el descubrimiento se lo dieron a sus compañeros en la investigación y a ella ni siquiera la nombraron. Rosalind, la No-Nobel”, me dijo señalando la pantalla del portátil con su dedo acusador y preadolescente. “Me parece perfecto, cariño”, le contesté. “Mujeres como Rosalind pudieron dejar de investigar ante la posibilidad de que su trabajo no fuese nunca valorado, pero no lo hicieron. Le echaron coraje y siguieron adelante. Gracias a ellas el camino de la ciencia tiene todas las baldosas que necesitáis las mujeres modernas para poder transitarlo sin tanto tropiezo. ¿Ves? El continuar caminando se lo debéis a ellas, os lo debéis a vosotras mismas y a las que vendrán después”.  Mi otra hija, que jugaba en el suelo cerca de nosotras, nos miró desde sus cinco años de estatura y dejó de jugar.
            Le puse por nombre Mar para que su horizonte fuera infinito y nadie pudiese poner límites a su empuje. Había escuchado y procesado a su manera toda la conversación que su hermana y yo acabábamos de mantener, pasándola, eso sí, por el tamiz de su razonamiento pre-escolar, y decidió hablar (y hacer subir el pan, de paso). “Mami, ¿con el premio ese dan chuches?” Yo, que ya veía por dónde iban los tiros, le seguí la corriente. “Sí, cariño. Muchas. Miles”. Cara de horror, tragedia y abominación. “O sea que, sin Rosarín, ni ADN, ni CSI Las Vegas, ni nada, y luego le dan las chuches a los otros y a ella, hale, ninguna”. Me eché a reír. “Ninguna. Se las comieron todas los chicos”. Ella no se reía, permanecía muy seria. Al fin, después de unos instantes de reflexión se levantó del suelo, recogió su muñeca y, mientras se marchaba a su habitación para ponerse el pijama, dijo como para sí: “pues si soy yo la lío gorda. Vamos que si la lío”.

            Desde ese momento no puedo dejar de sonreír. Para eso las educo, para que revolucionen, remuevan, conquisten. Para que sean pájaro de vuelo amplio y océano sin barreras, y no jilguero enjaulado y piscina. Para que el ejemplo de las pioneras les sirva para avanzar y vean en esas mujeres trampolines desde los que saltar más alto. Para que el futuro sea suyo. Para que “la líen”.

sábado, 17 de septiembre de 2016

LAS ALAS DE MAMÁ

            Pau no era un niño como los demás. Bueno, por fuera sí lo era, pero si alguien se hubiese molestado en mirar por dentro… eso habría sido harina de otro costal. Concretamente de un costal de centeno áspero, oscuro y amargo. Pero nadie supo, o nadie quiso verlo a tiempo.
            A su corta edad, ocho años recién estrenados, apenas sabía escribir un renglón sin torcerse, pero ya era un maestro en el arte del disimulo. No le decía a nadie lo que pasaba en su casa, y si aparecía en su carne algún cardenal sabía cómo taparlo o cómo disfrazarlo de torpeza infantil. Aunque, a decir verdad, Pau solamente recibía algún golpe esporádico, no todos los días ni todas las semanas. Solamente si se metía en medio, en ese “medio” en el que su padre no quería que se metiese y en el que su madre le rogaba para que no se metiese.
            No era un niño de costumbres extrañas ni de manías. No coleccionaba cromos, como sus amigos, ni se quedaba a jugar a las canicas ni salía a montar en bicicleta por el pueblo como hacían los demás. Su único afán era recoger plumas, pero eso nadie lo sabía, era un secreto. Le daba igual que fueran de las tórtolas que anidaban en los pinos del barranco, de las gallinas de los corrales aledaños, de la familia de abubillas que volaban por la finca de Don Tomás o de la infestación de cotorras verdes que tenían su paraíso en el casetón del viejo motor del riego comunitario. En sus frecuentes paseos, siempre solo por los caminos del término municipal del que nunca se alejaba, no había pluma perdida que se escapase a su vista de niño y que no terminase escondida en la bolsa que guardaba, como un tesoro, en el altillo del armario que había en su habitación.
            Llevaba ya más de dos años recogiendo plumas, pero juzgaba que aún no eran bastantes para el propósito que tenía en mente. Su plan, que se iba agrandando en su cabeza, que se perfeccionaba y se llenaba de detalles noche a noche, estaba en vías de materializarse. Pero tenía que ser pronto. Con el paso de los días advertía que debía darse prisa o no llegaría a tiempo. Las tormentas cada vez era más grandes, los truenos más frecuentes y ruidosos y los relámpagos, en forma de puño, caían como furiosas granizadas sobre la cara y el cuerpo de su madre cada vez con más frecuencia. Con angustiosa, hiriente, demoledora frecuencia. No le quedaba mucho tiempo.
            Tuvo que robar una sábana del tendedero de la vecina; fue la única manera que se le ocurrió de conseguir la tela que necesitaba. Después visitó la mercería. “Mi madre me ha encargado hilo amarillo y agujas de coser”, dijo. Había roto su hucha. No debía ser tan difícil eso de coser, había visto a la abuela hacerlo cientos de veces. Descubrió que cortar el lienzo grueso de algodón no era tarea sencilla cuando solamente se cuenta con unas tijeras escolares, pero no se atrevió a coger las de la cocina, lo tenía prohibido. Además, emplear esas tijeras bastas que su madre usaba para limpiar el pescado no era lo más apropiado. Los peces solamente nadan, no vuelan. ¿Y si los residuos de esos animales contaminaban su trabajo y lo que iba a construir no funcionaba? No podía arriesgarse. Las sábanas, cuando las inflaba el viento, parecían volar. Las plumas eran lo que permitía a las aves desplazarse por el aire. Cualquier cosa que no fuera eso no le servía.
            Una noche de gritos y cristales rotos, escondido bajo la cama, dibujó sobre la tela robada dos grandes alas. Trabajosamente, haciéndose ampollas en sus dedos de niño aterrorizado, cortó con sus diminutas tijeras de colegial, sacó la bolsa de las plumas y empezó a coser. Las prendía de una en una, muy seguidas, para no dejar trozos de tela a la vista. A los pájaros no se les veía la piel, de modo que aquellas alas tampoco debían tener vacíos o no servirían. Se quedó dormido bajo la cama varias noches seguidas, agotado de coser, de llorar y de escuchar las voces, los ruegos, los insultos, las débiles quejas de su madre, los golpes, las patadas, los muebles volcados. La violencia le agotaba las fuerzas. El tiempo se acababa, podía percibirlo. 
            La última noche se durmió, agarrotado y vencido, a falta de una pluma por coser. Demasiado tiempo de infierno para un niño de apenas ocho años. Despertó al alba, prendió esa última pluma de rayas blancas y negras con dos alfileres, abandonó su refugio bajo el lecho y corrió a la cocina con las alas en la mano. Iba a ponérselas en la espalda a su madre para que pudiera salir volando de la casa. Solo así él no podría alcanzarla. Solo así sería libre y su marido no podría pegarle nunca más. Él era muy pequeño, no podía defenderla con su cuerpo ni con sus puños, pero con su ingenio y aquellas alas iba a conseguir salvarla, alejarla del monstruo que la estaba matando por episodios, como los malos seriales de la radio.

            Cuando llegó la policía le encontró arrodillado en el suelo de la cocina, cosiendo aquellas alas inútiles a la ropa que llevaba puesta su madre. Le hablaba dulcemente, como si rezase. “No te preocupes, mami. Con estas alas vas a volar lejos y ya verás cómo él no vuelve a pegarte. Cuando te hayas ido haré unas nuevas para mí e iré a reunirme contigo donde nunca nos pueda encontrar. No te preocupes, mami, yo te salvaré”, musitaba. Ni siquiera se había dado cuenta de que ella ya estaba muerta.