miércoles, 20 de julio de 2016

EL BIZCOCHO DE CHOCOLATE

Sole tenía mucho cuidado con lo que comía. Era vegana, o sea, vegetariana pura, y sólo comía vegetales y legumbres, ni siquiera el huevo y la leche entraban en su dieta. Pero como la variedad de productos era muy amplia y su imaginación en la cocina no tenía límites no echaba de menos la carne ni el pescado ni nada de nada. Solía surtirse de verduras y frutas frescas en las huertas de los pueblos cercanos a su ciudad, compraba directamente a los agricultores; siempre prefería acudir a aquellos que no empleaban pesticidas, los que combatían las plagas con productos naturales o con otros insectos. Era mejor una fruta fea pero sabrosa a una reluciente de ceras y conservada en cámaras, y tenía la suerte de poder elegir.
            Un día quiso invitar a sus amigos a una pequeña fiesta. Para ello compró té y hierbabuena, y se dispuso a preparar un sabroso bizcocho de chocolate. Tenía la harina, la leche de soja, el azúcar de caña, naranjas recién cogidas, levadura… De pronto se dio cuenta de que no le quedaba ninguna tableta de cobertura de cacao. Era tarde para buscarlo en la tienda de alimentos orgánicos donde lo compraba habitualmente, pero pensó que no pasaría nada si por una vez emplease el que venden en el supermercado. De una carrera, mientras el postre subía en el horno, bajó a comprarlo.
            Una vez terminado el bizcocho fundió el chocolate para cubrirlo y lo extendió con mimo hasta cubrir toda la superficie esponjosa con aquel fluido marrón oscuro-casi negro fragante y apetitoso. La verdad es que olía muy bien, la combinación con la naranja era una delicia, a sus amigos les iba a encantar. Contenta preparó el té, la hierbabuena y el limón, y mientras terminaba de poner la mesa sonó el timbre: sus invitados comenzaban a llegar. A Sole le encantaba abrir su casa y cocinar para las personas a las que quería. Iba a ser una tarde de lo más divertida.
            Todo empezó muy bien. Había risas, bromas y conversaciones de todo tipo. El bizcocho estaba delicioso, el té calentito animaba por dentro como ninguna otra cosa. Pero de pronto, sin saber por qué, sus amigos comenzaron a discutir. Se enzarzaron de tal manera que tuvo que poner orden y enviar a varios a su casa. El resultado fue que el resto, molestos por lo que había pasado, también se marcharon. Sole estaba perpleja. ¿Cómo podía ser que una reunión divertida e inocente entre amigos se hubiera convertido casi en una batalla campal?
            Se fue al campo a charlar con el naranjo cuyos frutos le habían servido para hacer el bizcocho. Tal vez el árbol supiese algo. De la harina estaba segura, era de cultivo biológico certificado, pero el trigal le quedaba lejos como para ir a hablar con las espigas. El naranjo, preocupado, le dijo que no era culpa suya, que estaba sano. No tenía tristeza, negrilla ni mosca, tampoco hongos ni nada que pusiese en peligro su salud ni la de sus frutos. El problema estaba en otra parte y para averiguarlo necesitaba algo de tiempo. Tenía que enviar mensajes a través de los riachuelos subterráneos. Esos pequeños cauces de agua conectaban unos con otros formando una red que llegaba a todos los confines del planeta, y a través de esa red se alimentaban y comunicaban todos los vegetales que crecían plantados en la tierra. Seguramente alguno sabría algo al respecto y podría aclarar aquel inexplicable suceso.
            Sole se fue a casa muy triste. Había organizado la merienda con toda su buena intención y ahora sus amigos estaban enfadados y no se hablaban entre ellos. Estaba deseando que llegase el día siguiente para poder hablar de nuevo con el naranjo, a ver si había conseguido averiguar algo. Miró los restos del bizcocho y, contrariada, los tiró a la basura.
            En cuanto amaneció se fue al campo, tal vez al fin el árbol tuviera la respuesta a tanto mal humor. Y así era: le dijo que había recibido un mensaje desde América. Procedía de las plantas de cacao. Por lo visto los cultivadores que gestionaban la plantación en la que vivían intoxicaban tallos, hojas, raíces y frutos periódicamente con productos químicos. Según ellos lo hacían por el bien de las plantas, pero el bienestar que perseguían en realidad era el de sus propios bolsillos. Sí, la producción era mayor, los bichos no la atacaban, el sabor apenas variaba, pero los frutos ya nacían enfadados, irritados por tanto insecticida y tanto abono químico, iracundos y frustrados por no poder crecer de forma natural. Por eso sus amigos, al comer el chocolate, se habían contagiado de su mal humor y habían terminado discutiendo. “Vaya”, pensó Sole. “Esto me pasa por comprar productos de las multinacionales. La próxima vez que tenga prisa y no pueda ir a la tienda de alimentos biológicos haré el bizcocho sin chocolate”. Y se puso a pensar cómo podía arreglar semejante lío.

            Al día siguiente organizó una nueva merienda de desagravio; utilizó mermelada de fresas que tenía hecha desde la primavera para un nuevo bizcocho al que añadió una pizca de albahaca feliz procedente de la maceta que tenía en el balcón. Solía cantar con aquella planta y hacerle cosquillas, por eso sabía que siempre estaba contenta y que su alegría se podía también contagiar, igual que el enfado del chocolate. Al final de aquella reunión todos se despidieron con abrazos y risas. Sole cerró la puerta al último invitado que se marchaba y respiró aliviada.

jueves, 7 de julio de 2016

BRÓCOLI Y FLORES


            La primera vez que vi a Mario se me puso el estómago del revés. Me pregunté cómo era posible sobrevivir a semejante golpe, qué clase de milagro había conseguido que aquel cráneo deshecho aún pudiera albergar actividad. Lo suyo pasó hace ya muchos años, cuando la sensación de inmortalidad que da la adolescencia le deshizo el porvenir a un muchacho como otros muchos que todos podemos conocer. “Era tan guapo”, me decía su madre. Claro que lo era. Era guapo porque era un chico sano y normal. Se subió a una moto ajena una mala tarde, ni pensó en ponerse casco ni en ir andando. Tampoco pensó en lo frágil que es una cabeza humana si la comparamos con el asfalto o el bordillo de una acera. No pensó, y eso hizo que ya nunca más pudiera pensar. Crash. Y durante meses, nada más.
            Ahora Mario, ojos abiertos y sonrisa cambiante, es un niño pequeño. Alto, pero siempre sentado. Un niño cincuentón vestido con ropa cómoda al que todo el mundo saluda cuando lo pasean por la calle. Un chiquillo cuya voz cavernosa sorprende, los días en que puede articular alguna palabra, por lo profunda y anciana que es. No pega con el resto, aunque en él nada hace juego, ni el cuerpo con la edad, ni la mente con el cuerpo, ni la voz con lo demás. Él no volará del nido, no trabajará ni le despedirán ni se casará ni se divorciará ni tendrá hijos. Su vida se detuvo a la vez que aquella moto lo tiró al suelo, caballo desbocado y desconsiderado, para convertirlo en lo que es.
            Su madre sonríe. Le habla como a un niño. Le alimenta, le cambia, le viste, le desviste como a un niño. Está cansada, pero no lo dice con la boca. Lo dice con la espalda encorvada y las rodillas hinchadas, lo dice con los calmantes para el dolor y con el dolor sin calma que se asoma a sus ojos. “Yo puedo sola, es mi hijo”, dice. Le ha costado mucho dejarse ayudar, como si pensara que le estaba fallando a su niño. Pero no, no fue ella quien le falló al chaval. Fue aquella maldita, la mil veces maldita motocicleta. Una máquina que ha salido inmensamente cara, y no solo en dinero. También en emociones.
            A veces afeito la barba de hombre del niño Mario y pienso que la vida no es justa con algunas personas. Nada, nada justa. Pero en ningún reglamento ni constitución dice que deba serlo, quienes debemos ser justos somos los humanos. Nosotros podemos y muchas veces no lo somos. La vida no tiene alma, no elige por nadie ni sabe lo que está bien o lo que es conveniente. Es ciega, sorda, muda y no tiene conciencia ni memoria. La vida, simplemente, empuja las cosas sobre las ruedas de nuestras decisiones, y deja que lleguen hasta donde quieran llegar. Le da igual el resultado. Ella no tiene la culpa. Nosotros sí. Mario decidió mal y perdió, perdió por él y por todos los que le quieren, porque su condena, desgraciadamente, es para toda su familia. Mientras viva, por lo que es su vida. Cuando muera, porque habrá muerto.
            Mario y yo hemos llegado a querernos mucho. Ser cuidadora de discapacitados severos te puede llevar a cosas así, a entenderte con algunos pacientes de tal manera que se conviertan para ti en seres queridos. No te pasa con todos, solamente con algunos, pero te pasa: el trabajo deja de ser trabajo y se convierte en otra cosa. Otras familias, a veces, me han regalado flores. Ellos no pueden permitirse gastos así, de modo que un día comenzaron a traerme brócoli de su pequeño huerto. No tenían por qué, pero ellos entendían que sí. Hermosos y redondos brócolis. Y calabacines. De vez en cuando, algún tomate, grande y maduro. Esas verduras no saben como las de las tiendas, son un lujo diferente e infinitamente más sabroso. Son más tiernas, más ricas porque no solamente nutren mi cuerpo, alimentan mi sentido de la humanidad. Son mucho mejores que flores, como delicadas orquídeas de cariño que florecen desde las torpes manos de Mario y vienen a mí a través del agradecimiento de sus padres, y las tomo con un sentimiento que no puedo explicar. Regalos que valen más que el oro. Para mí lo valen.
            Ya no trabajo con Mario, mi contrato con la empresa que llevaba ese servicio ya terminó. Pero formará siempre parte de mí; cada vez que cocine brócoli veré su sonrisa desigual, su cabeza singular y la gratitud, tan sencilla como inmensa, de esa familia. No puedo decir que no haya sido bien pagada.
Vuelvo a casa, vuelvo a escribir. Gracias por seguir leyéndome.  

domingo, 5 de junio de 2016

EL COLOR DE LAS ROSAS

Había una vez, en una ciudad cualquiera de un lugar cualquiera del mundo, un botánico llamado Frito. No se llamaba así en realidad, como ya habréis supuesto; el sobrenombre le venía por una manía que había ido desarrollando a lo largo de los años, y era la de gritar de rabia cuando sus experimentos vegetales no salían bien. Los vecinos y paseantes que andaban cerca de su invernadero, que estaba situado junto a su casa en las afueras de la ciudad, le oían a menudo vocear dirigiéndose a los rosales: “¡Me tenéis frito! ¡Frito!”. Por eso ya nadie recordaba que su nombre era Franz, quizá muchos ni siquiera llegaron a saberlo nunca, y todos le conocían como Frito.
            Hoy en día, hay que reconocerlo, las rosas son las reinas de las flores. Las orquídeas son muy bonitas, sí, pero delicadas y difíciles de cultivar. Las rosas, sin embargo, crecen en cualquier jardín al que se dedique un poco de tiempo, incluso en una triste maceta pueden prosperar. Pero en aquel tiempo nadie regalaba rosas a la persona amada ni a las madres, ni las ponía en los bordes de los senderos que conducían a las casas ni en los parterres de las urbanizaciones, sencillamente porque esas flores no tenían color. Eran verdes, como pequeñas lechuguillas sobre sus tallos espinosos. No tenían más atractivo visual que una col de Bruselas, ni más aroma que el que puede tener una endivia o una mata de tréboles. Frito creía en su potencial como flores ornamentales y llevaba años tratando de colorearlas, pero no había conseguido nada. Al principio había probado sumergiendo los tallos de las flores cortadas en líquidos teñidos de distintos colores; esperaba que los pétalos, al beber de aquel agua artificialmente colorida, mudasen su verde natural desde dentro. Lo único que consiguió fue que las rosas se quedasen secas en pocas horas. Después lo intentó pintándolas con distintas clases de pigmentos, pero eso marchitaba los pétalos y las flores olían a acrílico que apestaban. Probó injertando los rosales con los bulbos del tulipán y rociando la planta resultante con perfume de violetas dulces, y en lugar de flores de colores nacieron una especie de engendros vegetales parecidos a pequeñas manzanas marrones, pero no eran siquiera comestibles y olían a lilas marchitas y medio podridas. Después de años de investigación, tras un último experimento que consistió en inyectar en las raíces de un rosal mercuro cromo de curar rodillas heridas mezclado con polvo de oro, determinó que las rosas nunca, nunca, jamás de los jamases tendrían color ni aroma. Y, gritando nuevamente aquello de “¡me tenéis frito!”, arrancó todos los rosales del invernadero, los amontonó en el patio y les prendió fuego. Después amontonó las cenizas y los restos de rastrojo quemados, los metió en una gran bolsa de basura y dejó esa parte tan importante de su vida en la calle, junto al contenedor, a la espera de que el camión de los residuos la hiciera desaparecer definitivamente.
            No hacía mucho tiempo que a la casa de al lado se había mudado una pareja muy joven. Pablo y Ana, que así se llamaban los vecinos de Frito, vivían tranquilos allí, sin sobresaltarse ya por los coléricos gritos del botánico y sin meterse con nadie. Fue Pablo quien vio asomarse el brote de rosal por un agujerito que las espinas quemadas habían abierto en la bolsa de basura. Pensó que a Frito no le importaría que se llevara aquel trocito de vida verde: ya que se había salvado de la quema bien merecía una oportunidad. Estaba un poco chamuscado, era pequeño y no tenía muy buen aspecto, pero seguro que Ana, con su corazón agradecido y su sencilla alegría de vivir, lo acogería contenta y trataría de sacarlo adelante. No se equivocó, la conocía bien. Ella premió el regalo con un beso y buscó enseguida un recipiente vacío y un puñado de tierra para tratar de animar al pequeño brote.
            Con aquel diminuto proyecto de rosal, Pablo y Ana ya sentían que casi eran una familia. Cuidaron de él con mimo, lo regaron con la misma agua que ellos bebían y le hicieron partícipe de sus risas por las mañanas, de sus siestas de los sábados y de cuantas cosas les ocurrían. Ana le hablaba a menudo, cantaba coplas y tangos todos los días mientras acariciaba sus hojitas y sus tallos crecientes. A ella no le importaba que fuera un poco feo, que creciera más lento que el resto de rosales ni que las flores que fuera a desarrollar, si es que algún día conseguía florecer, fueran verdes y poco atractivas. Era su rosal y lo aceptaba como era. Cada día lo animaba a hacerse más grande, le contaba cachito a cachito la felicidad que vivía a diario en aquella casa junto a su pareja. Pablo, por su parte, evitaba que las arañas tejiesen la tela entre sus ramitas, abría las cortinas para que tuviera luz del sol y lo alejaba de la ventana por las noches para que no tuviese frío. Cuando preparaba una sorpresa para Ana se la contaba al rosalillo muy bajito, como uno hace cuando le cuenta sus planes a un amigo. Ella también le contaba a la planta sus proyectos de futuro, se sentaba a estudiar junto a la maceta y le recitaba los temas que tenía que aprenderse.
            El rosal estaba un poco confuso. Había nacido en un invernadero lleno de rosales tristes sometidos a tortura, quemados con productos químicos, agredidos con injertos antinaturales, rociados con aceites y pinturas y toda clase de agentes agresivos que los asfixiaban y hacían que sufriesen, y todo porque quien debía cuidarlos únicamente quería cambiarlos y que dejasen de ser lo que eran para convertirse en otra cosa distinta. No había conocido otra vida que esa hasta el día del fuego, y sin embargo después todo había sido tan distinto… La suerte y la naturaleza le habían regalado una segunda oportunidad, y era tan sencilla y bonita la vida que tenía junto a Pablo y Ana que solamente podía sentirse feliz. No tenía miedo, crecía sin presiones, nadie le intentaba obligar a ser lo que no era. Podía existir sin más; eso, agua, luz y algún abono era todo lo que necesitaba para crecer. Y eso iba a hacer: crecer, hacerse grande para que Ana y Pablo estuviesen orgullosos de él.
            El día en que dio su primera flor verde, sus amigos y protectores le hicieron una pequeña fiesta. Contentos, lo regaron con una taza de agua y dos gotas de fertilizante y le regalaron una maceta nueva, más grande y decorada con lunares, como los trajes de flamenca. Dos días después nacía la segunda flor. Era de color rosado, producto del agradecimiento. La tercera fue amarilla, contagiada por la alegría que sintieron todos al ver que los milagros existen. La cuarta, roja, fue producto del beso que Ana dio a las hojas más antiguas del rosal. Tan feliz era la planta y tantas ganas tenía de decirles a sus protectores lo mucho que les quería que, con mucho esfuerzo y un inmenso cariño, desarrolló una fragancia especial y desconocida, un aroma que era, en su idioma vegetal, la manera de decir: “gracias”. Desde aquel día el arbusto espinoso nunca más dio flores verdes. Fue trasplantado al jardín, de sus tallos salieron esquejes que produjeron capullos multicolores de intensa fragancia agradecida, y ese fue el origen de las rosas que conocemos hoy en día: todas provienen de aquel rosal original.
Frito, el botánico, incapaz de soportar la idea de que sus vecinos hubieran conseguido sin esfuerzo lo que él no había logrado pese al mucho empeño que había puesto, cambió de oficio y se dedicó a la escultura: el barro y el hierro, elementos muertos, sí podían tomar la forma que él quería. Acababa de aprender que los seres vivos son lo que son, y si los amamos no debemos tratar de cambiarlos. Intentarlo hará que los perdamos para siempre, y a nosotros nos matará verlos florecer en otro jardín. Solamente respetando su naturaleza lograremos que den los mejores frutos, solamente dejándolos ser podremos disfrutar de ellos en su plenitud. Recordadlo siempre, nunca se sabe cuándo pondrán en vuestras manos un rosal, un amor, un hijo. Recordadlo y lograréis estar más cerca de la felicidad.


martes, 8 de marzo de 2016

LAS KLOPOWITZ

            Cuando era pequeña me preguntaron en el colegio qué quería ser de mayor. Yo dije que maestra, peluquera o “sacerdota”; recuerdo que mi profesora se moría de risa, y el resto de niñas (lo de los colegios mixtos aún no se estilaba) también. Doña Teresa, mi maestra, se rio tanto que no pudo evitar contárselo a mi madre en cuanto la vio en la puerta, ante el pitorreo general de cuantos pudieron escucharlo. La reacción en cadena que se pone en marcha en estos casos os la podéis imaginar: mamá se lo cuenta a papá que también se ríe ante los hermanos mayores que también se ríen, luego se lo cuentan a los abuelos, que se tienen que sentar porque tanta carcajada junta les afloja las piernas… Es de esas cosas que le sonrojan a una cuando salen a la mesa en todas las comidas familiares. Pero finalmente creces y comprendes que esas pequeñas meteduras de pata infantiles tienen un encanto que jamás se repite en el resto de la existencia, y que esa situación, que en aquel momento hizo que deseases que se te tragase la tierra y te pareció un verdadero drama, estaba lejos, muy lejos de ser un auténtico problema. Al final terminé siendo cuidadora geriátrica, lo cual no tiene nada que ver con esos oficios que inicialmente yo deseaba desempeñar, pero de la anécdota escolar que acabo de referir me ha quedado una manía: me disgusta profundamente que nadie se ría de los demás. Me molestan los motes despectivos, los comentarios jocosos por la espalda aprovechando el aspecto, el hablar, el estado mental o las rarezas de nadie, me parecen imperdonables faltas de empatía. Por eso no me hizo ninguna gracia que a aquellas dos mujeres, cuando ingresaron en la residencia en la que yo trabajaba, les pusieran ese apodo, “las Klopowitz”. El nombrecito no estaba exento de ingenio, enseguida entenderéis por qué, pero esa tendencia del resto del personal a burlarse de ellas por lo que eran me impulsaba a mí, si cabe, a cuidarlas con más ternura y más mimo.
Isadora y María del Prado fueron dos de los personajes más entrañables que he conocido a lo largo de mi ejercicio profesional. Eran hermanas, y procedían de una de esas familias del norte compuestas por industrial acaudalado o indiano con fortuna, esposa legítima y de buena cuna, doce o catorce hijos, casa solariega de piedra con blasón sobre la puerta, piano, sedas, alfombras, ama de llaves y doncellas, todo ello encuadrado en la España de los años veinte. Fueron las dos hijas más pequeñas, las mimadas por todos, educadas para ser señoras y no para trabajar en nada. Pero llegó la guerra, y para su desgracia no encontraron marido a la altura; ni que decir tiene que aún quedaban hombres en España, desde luego, pero jamás se habrían casado con un labrador, albañil o panadero, en parte porque sus padres no lo habrían permitido, en parte porque ellas tampoco habrían querido menos de lo que siempre les dijeron que merecían. El considerable patrimonio que heredaron de los padres les dio para vivir muchos años, pero las rentas disminuyeron, tuvieron que ir desprendiéndose de propiedades, prescindiendo del servicio, y a la vejez se vieron con dos pensiones mínimas por no haber tenido un empleo en su vida, casi recluidas en un piso de la ciudad y sin poder pagar a nadie que las atendiese. Cuando ingresaron en la residencia eran, de todos sus hermanos, las únicas que aún vivían. Según sus documentos, aquellos cuerpos secos de mirada perdida contaban ochenta y nueve y noventa años respectivamente.
            Yo estaba de turno el día en que sus sobrinos las trajeron al centro de mayores; lo primero que hicieron fue llenar la habitación de recuerdos de los felices años veinte, de fotos de época en marco de plata, imágenes de sus vestidos lujosos, del Rolls en la puerta, de las fiestas, las diademas de plumas y los collares de perlas, de los eternos veranos en la playa del Sardinero con bañador largo, gorro de volantes y sombrilla de rayas. Se les permitió poner alfombras de pie de cama, fue una de sus exigencias. Recuerdo perfectamente sus apellidos aristocráticos, pero en poco tiempo únicamente yo las llamaba por sus nombres; el resto de trabajadoras ya solo las nombraba como “Las Klopowitz”.
Voy a ahorraros el episodio del estado higiénico en el que llegaron, los argumentos que tuve que emplear para meterlas en la ducha (en los geriátricos, por lo general, no suele haber bañeras), la ausencia de ropa en sus baúles y las tardes que pasé rescatando vestidos de su talla en el ropero, procedentes de donaciones y de otras residentes fallecidas, para poderlas cubrir con dignidad. Tantos cambios en poco tiempo revuelven el ánimo de cualquiera, y más de los mayores, tan apegados a sus costumbres; sin embargo, a ellas la nueva situación no pareció alterarlas en absoluto. Aparentaban estar a gusto, contentas, siempre apacibles y correctas: buenos días, buenas tardes, por favor, gracias, sírvame el café si es usted tan amable, no olvide cambiar las sábanas de mi cama, no están bien planchadas. Pronto me di cuenta de que Isadora y María del Prado vivían en un mundo imaginario en el que la cruda verdad de su presente no llegaba a entrar. La demencia senil, que en otros casos es una terrible maldición, a ellas las salvó de una realidad más que penosa. Sus mentes no resistieron, ahítas de dificultades que nunca esperaron tener que afrontar, y se refugiaron en los años de su juventud, cuando todo a su alrededor eran flores, música y buena vida. En esa época todo era fácil, y solo viviendo en tal fantasía se sentían a salvo. Para ellas la residencia no era una institución benéfica, sino un “balneario de descanso”. Nosotras no éramos auxiliares de geriatría, sino doncellas de hotel, y como a tales nos hablaban. “Señorita, en mi habitación se ha agotado el jabón de manos. Recuerde que preferimos el de sales de Pravia”. Yo les ponía el mismo que a todas, pero me costaba poco decirles: “Aquí lo tienen. ¿Es de su gusto?” Siempre lo era, ya no distinguían un aroma de otro. Olía bien, hacía espuma y punto. Suficiente.
            Me gustaba ir a ratos a hacerles compañía cuando no estaba de turno. Me contaban historias de sus años dorados, de sus clases particulares de piano y de modales para señoritas, de las familias con las que se relacionaban, algunas de apellidos muy, pero que muy conocidos. Siempre me preguntaban si fumaba. Yo mentía y decía que no. “Menos mal, señorita. No queremos a nuestro servicio mujeres que fumen, es una costumbre horrible y muy poco femenina. Y arruga la piel. Por eso nosotras la tenemos tan fina y tersa, porque no hemos fumado nunca. ¿Lo ve usted?” me decía la mayor de las dos, Isadora, acariciándose la mejilla. Estaban como dos pasas, pero yo les daba la razón. A veces les llevaba muestras de crema facial a escondidas, se las dejaba en el cuarto de baño y ellas, coquetas, se la ponían toda. Incluso en ocasiones, por Navidad, las ayudaba a pintarse. “Las señoritas bien, como nosotras, deben arreglarse para las fiestas. Es esencial aparentar lo que uno es, ¿no cree usted? Las uñas en tono burdeos, por favor. A mi hermana pínteselas en rosa, le sienta mejor al tono de su cutis”.
            La más joven, que estaba aún peor de la cabeza que la otra, me daba dos pesetas de propina cuando le arreglaba los pies o le ponía los rulos. A la mayor no le gustaba, decía que el sueldo de doncella ya estaba bien como para encima andar dando propinas. “Luego se acostumbran a ganar mucho y piden más sueldo, así son los pobres”. Creía que yo no la podía oír, no lo decía para ofenderme. Las enseñaron a pensar así, solo que una era más compasiva y agradecida que la otra. “Señorita, lleve mi vestido al tinte, por favor. Lo necesito para mañana”. Yo decía que sí, lo ponía con todos en el carro de la lavandería, y luego se lo entregaba envuelto en un plástico, como si viniera de verdad de la tintorería. Siempre era el mismo plástico, lo guardaba en mi taquilla de una vez para otra. Me costaba muy poco hacer esas cosas. Darles con su realidad en la cara no era la mejor forma de hacerlas felices.
            De ilusión también se vive, y yo mantuve la suya cuanto pude. Puedo imaginar cuánto debieron sufrir al ver que su mundo de lujo y comodidad se desmoronaba; procurarles esas pequeñas alegrías era un modo más de cuidar de su salud, y para eso están las residencias, ¿no? Casi todo el personal, de un modo u otro, se reía de ellas, pero no delante de mí, porque no permití burlas a su costa. Pobres mujeres, bastante tenían. Me producían tanta ternura que no dejé de mentirles hasta que murieron.
La menor se fue sin ruido, mientras dormía la siesta. Su hermana, preocupada, preguntaba continuamente por ella. Yo le decía que había ido a pasar unos días con sus primos a la casona que tenían en Comillas, y ella lo aceptaba con una sonrisa, pero pronto dejó de comer. A pesar de mi engaño y de ignorar que había muerto, Isadora no supo vivir sin María del Prado, languideció y se dejó ir en poco más de tres semanas.
Con las historias que me contaban, aquellas vivencias de su juventud despreocupada y feliz, se habría podido escribir un libro entero, documentado con las fotos sepia que sus sobrinos se llevaron al vaciar la habitación para que entraran otras dos residentes. Yo me quedé de ellas lo mejor: sus miradas agradecidas, llenas de ilusión de seguir siendo aquellas dos señoritas de buena familia, con sus nombres aristocráticos, sus apellidos de campanillas, su ama de llaves, planchadora, sirvientas, veranos en la playa y temporadas de descanso en el balneario.

Una vez, cuando yo era pequeña, me preguntaron qué quería ser cuando fuera mayor. Dije que maestra, peluquera o “sacerdota”, ¿recordáis? Pues he llegado a ser mucho más que eso para personas como Isadora y María del Prado, “las Klopowitz”. Peluquera, esteticista, costurera, podóloga, doncella, enfermera, compañía, respeto, consuelo, compasión. Cariño. La última sonrisa para personas a las que se les acaba el tiempo. Mucho, muchísimo más que lo que soñé de niña, ¿no os parece?

viernes, 26 de febrero de 2016

AL MONTE

            Había una vez… vaya, con semejante principio parece que voy a contar un cuento de verdad, quién lo diría. No me gusta, tengo poco de clásica y además los cuentos de toda la vida ya los hemos leído. Vuelvo a empezar, y en paz.
            A Rosa le gustaban mucho los animales. Mucho. Le daba igual que fueran loros, lagartos, perros, hurones… cualquier bicho era visto por ella como un ser beneficioso, hasta los más feos eran bonitos a sus ojos. Saludaba a todos los animales que veía, siempre tenía una caricia, una sonrisa o un buen gesto para un animal, daba igual si era pequeño o grande, de cuatro patas, dos o ninguna. Rosa sabía que algunos de ellos tenían sus defectos, que un guacamayo sin educar podía picarle, que un tigre podía devorarla o un elefante pisarla y aplastarla, pero cándidamente pensaba que, mientras ella los tratase bien, los animales no le harían daño nunca. A cambio, a sus ojos siempre pesaban más las razones positivas por las que esos seres existían: los pájaros se comen a los insectos, qué buenos son. Los perros nos ayudan a protegernos, qué buenos son. Los buitres mantienen limpio de carroña el campo, qué buenos son. Y cosas parecidas podía decir de todos los animales.
            Un día entró a casa de Rosa una víbora. Iba reptando, como cualquier otra serpiente. A Rosa le advirtieron: “las víboras son dañinas y peligrosas; cuando muerden, su veneno puede matarte o hacerte enfermar de gravedad. Ten mucho cuidado y, si sabes lo que te conviene, échala de tu casa cuanto antes”, le dijeron. Pero Rosa no lo hizo. La víbora se levantó ante ella para ganarse su cariño, y se puso a bailar. Lo hacía bien, tenía su gracia. Después de la demostración de danza, la serpiente se metió en la despensa de Rosa y salió con un ratón en la boca. “Es verdad, podría morderme, pero no lo hará. Yo le daré cobijo y ella cazará a los ratones para que mi casa esté limpia. Y bailaremos juntas, porque a mí me gusta mucho mover el esqueleto”. Así pues, la víbora se fue a vivir con Rosa, y todo eran risas y alegría entre las dos.
            Llegó una mañana en que la serpiente no encontró suficientes ratones por la casa. Aún tenía hambre, de modo que se comió a los agapornis de Rosa, que vivían en una jaula en el balcón. La chica, al verlo, se puso triste y se enfadó, pero no le dijo nada a la víbora para no herir sus sentimientos. “Seguro que ella sabe que no debió hacerlo y está arrepentida. No hace falta que yo vaya, encima, a darle la charla”, pensó.
            Lo siguiente que la víbora se comió fue a Ziggy, la cobaya de Rosa. Ante la pregunta de su amiga, la víbora negó ser la autora del cobayicidio, pero su cuerpo abultado desmentía sus excusas. La pobre Rosa, muy enfadada, regañó al ofidio, que la miró con cara de “no lo volveré a hacer”, pero no dijo nada. Su plan, al final, era crecer lo suficiente como para comerse al perro de la casa.
            Al cabo de un tiempo la reptil comenzó mirar con ojillos golosos a Marlin, el pacífico podenco que correteaba por el salón, pero Rosa, que le vio las intenciones, llegó a tiempo y se llevó el perro a casa de su madre. Cuando volvió, la serpiente estaba muy enfadada. “Quiero comerme al chucho, me lo merezco. He bailado para ti y no te he mordido”, dijo. “No puedes hacerlo, yo te he abierto las puertas de mi casa y debes respetar a quienes vivimos en ella, él es mi perro y mi deber es protegerlo”, le contestó Rosa.
            Al final Rosa aprendió que las víboras, por bien que bailen, por beneficiosas que sean, no dejan de ser serpientes venenosas que proporcionan dolorosos mordiscos a quienes las molestan. Por fortuna contra su ponzoña hay antídotos, todo es cuestión de llegar a tiempo al hospital. Después de aquello, la muchacha adoptó un inofensivo gato. No bailaba con tanta maestría, pero se comía los ratones, no se llevaba demasiado bien con el perro, pero podían convivir sin agredirse. Y sobre todo, ella dormía mucho más tranquila.


            La moraleja de esta fábula está muy clara: cada uno es como es, y el tiempo termina por desvelar la verdadera cara de todos los seres. La cabra, al final, siempre tira al monte.

jueves, 7 de enero de 2016

DE ESTAR POR CASA


            ¿Cuándo empezamos a sentir que una casa es nuestra casa? No es cuando la compramos, ni cuando pagamos el primer alquiler. Tampoco cuando llenamos una vivienda de muebles escogidos por nosotros o arrancados de los rincones de una morada anterior. Es algo mucho más profundo, algo que tiene que ver con el momento en que realmente nos sentimos a salvo, cómodos y amparados bajo ese techo, entre esos muros y con las otras personas que los habitan. Hasta que alcanzamos ese estado puede pasar un lapso indeterminado de tiempo. Serán horas si el flechazo hogareño nos alcanza pronto, pero pueden ser días, semanas e incluso meses los que tardemos en hacer auténtica comunión con ese espacio que nos ve dormir, comer y retirarnos a meditar sentados en el trono. Pero, ¿cómo se sabe que ese momento ha llegado? Pues yo os lo diré: después de muchas mudanzas y traslados he averiguado que solo nos sentimos en casa cuando empezamos a usar en ella uno de nuestros objetos más íntimos. No, no es el cepillo de dientes. Son las zapatillas de estar por casa.
            Javier era un maniático de las zapatillas de estar por casa. Bueno, era un poco maniático para muchas cosas, pero esa era una de sus manías favoritas. Él podía enamorarse de una chica, pasar mil noches en su casa, dejar la maquinilla de afeitar y la espuma en su baño, pero solamente se iba a vivir con ella cuando sentía deseos de ponerse, nada más traspasar la puerta para echar la tarde o la noche, las zapatillas de andar por casa. Entonces es cuando sabía que realmente quería vivir allí y con ella. Desde ese momento, ya no daba sobre aquel suelo calzado con zapatos más que los pasos justos para llegar al lugar en el que guardaba sus zapatillas. Para él, aquellos trozos de felpa de cuadros con suela de goma y forro de borreguito eran un símbolo de hogar y de amor. Paradójicamente, las chicas con las que Javier había intentado una enamorada convivencia no veían aquello desde la misma perspectiva. Alicia, la primera mujer en cuyo piso entraron las zapatillas de Javier, se las puso en el felpudo (junto con la maquinilla de afeitar y otros enseres) al mes de comenzar a calzarlas. Javier no volvió a ponerse aquellas babuchas en concreto, las guardó como trofeo de su fracaso. Para su siguiente intento de convivir compró unas iguales. Iguales, pero nuevas, no fuera a resultar que la culpa del fracaso la tuviera aquel par. Dámaris, la segunda, se las tiró por la ventana cuando se hartó de verlas junto a su cama.
            Parecido destino sufrió el par que compró para irse a vivir con Reme, las de mudarse al piso de Ana y al de Colette. Las que salieron del loft de Julia las tuvo que rescatar del contenedor de la basura y lavarlas a conciencia para quitarles el olor a tripas de pescado. ¿Qué era lo que ocurría? ¿Por qué no conseguía encajar del todo con ninguna mujer? En cuanto comenzaba a sentirse realmente a gusto todo se rompía. ¿Tal vez aquellas zapatillas de cuadros grises eran el elemento que mataba la magia y se cargaba el amor? Aquellos pares de caricias de felpa del número 43 eran el símbolo del hogar que no lograba formar, ya tenía un armario lleno, pero seguía solo. Definitivamente, no compraría zapatillas de estar en casa nunca más; para su soltería, con los pares que guardaba en el armario tenía arsenal suficiente hasta la jubilación. Y si volvía a vivir con alguna mujer, nunca, nunca más metería aquellos “espantanovias” en su casa. Así evitaría ser abandonado de nuevo.
            Con el paso del tiempo, Javier conoció a Carola y se enamoró por decimosexta vez en su vida. La relación fue avanzando, durmió en su apartamento muchas noches, cada día que pasaba estaba más a gusto a su lado en aquel espacio. Pero, a pesar del frío terrazo que vestía el suelo, caminaba descalzo o con los calcetines puestos cuando se levantaba de la cama. Prefería tener los pies helados que el cuerpo entero en su lecho de soltero. Ella, mirando hacia la pared en su lado de la cama, comenzó a pensar que él no la amaba lo suficiente: ¿cómo era posible, si tanto la quería y tan cómodo se sentía a su lado, si la confianza era tanta que ya no cerraban siquiera la puerta del cuarto de baño, si habían compartido los recovecos de sus cuerpos con y sin luz tantas veces y la alegría al hacerlo seguía intacta, que no se decidiese a trasladar sus cosas, incluidas, por supuesto, las zapatillas de estar por casa? Parecía que su estancia allí era eternamente provisional, que no quería hacer de aquello su hogar. Y él, maniático y reservado, seguía descalzo y con miedo.

            Al final ella fue valiente y le regaló unas babuchas horrorosas con forma de garras de oso de peluche. Eran tan grandes que le obligaban a caminar como un payaso, pero le ayudaron a entender que el problema no era lo que llevara o no en los pies: la mujer adecuada es capaz de amar hasta tus zapatillas de estar por casa. Por eso, en honor a Carola compró unas nuevas, grises y de cuadros, con la suela de goma y el forro de borreguito. Donó a la parroquia los otros quince pares y ya solo va descalzo en la ducha o cuando le hace el amor a esa espléndida hembra con la que vive. Porque sí, ella puede quererle a pesar de esas horrorosas zapatillas, pero no hay amor que resista que no se las quite a la hora de compartir piel.

martes, 27 de octubre de 2015

ANÉCDOTAS GERIÁTRICAS (ENÉSIMA ENTREGA)


            Julia era una de las internas de la primera residencia en la que trabajé. Tenía muchos años y una deficiencia psíquica de nacimiento, pero era de las que más “se valía”. Era limpia, se duchaba y se vestía sola, ayudaba en el comedor e incluso se metía en la cocina para fregar los platos en la máquina y echarnos una mano así en el cuidado de sus compañeras de planta. También sacaba la basura, traía el periódico y hacía un sinfín de pequeñas tareas que resultaban útiles a todas. Según contaba a veces con su hablar imperfecto, se había criado en una granja y amaba por igual a todo tipo de animales, porque a su cuidado había tenido gallinas, patos, cerdos, ovejas, caballos, vacas y hasta una familia de erizos. Solía guardar, a escondidas de las monjas, desperdicios y sobras de comida para alimentar a un par de perros callejeros y a un número indeterminado de gatos vagabundos que la esperaban cada noche junto a la valla de la residencia.
            Si por algo me ha gustado siempre este trabajo de cuidadora geriátrica pese a los inconvenientes consabidos que no voy a enumerar para no aburriros (sí, esos que tienen que ver con las funciones corporales básicas y que hacen que la mayoría de la gente rehúya atender abuelitos) es por las impagables lecciones que, a lo largo de los años, he aprendido de los mayores. De acuerdo, muchos no contienen sus esfínteres y hay que limpiarles. Vale, a algunos hay que darles de comer a la boca como si fueran niños. Cierto, a otros se les va la cabeza y son difíciles de llevar. Pero todos ellos me han enseñado algo que luego me ha servido en la vida. Y Julia, cómo no, también puso su ladrillo en la construcción del edificio de mi experiencia vital.
            En el dormitorio de Julia había un pequeño joyero. No era la única interna que poseía algo similar; en esas cajitas suelen guardar bisutería y objetos de escaso valor, las familias no ingresan a las abuelas con sus mejores joyas por si las pierden o alguien se las quita. Julia, en su joyero, no tenía collares, ni una sola sortija. Tampoco tenía los típicos pendientes de perla botón de todas las abuelitas. De hecho, jamás se ponía ningún adorno. Era una mujer de granja, soltera y retrasada, nunca se le había ocurrido ser coqueta, posiblemente porque nadie en su entorno original lo hubiese apreciado. Lo único que tenía en aquella cajita de cristal coloreado eran pequeñas turquesas, todas iguales, talladas en forma ovalada.
            Me picaba la curiosidad sobre aquellos pedacitos de piedra semipreciosa, no era capaz de imaginar por qué una mujer como ella atesoraba algo así. Le pregunté, pero me dijo que era un secreto y que no se lo podía explicar a nadie. No contó con mi experiencia a la hora de soltar lenguas añosas: un par de chupitos de anís, y entre risa y risa, confesó de dónde los había sacado. “Mi madre hacía pendientes antiguos con esas piedrecicas”, me dijo. ¿Antiguos? Las piedras no eran antiguas, las turquesas antiguas tienen una pátina verdosa que las recién talladas no poseen, y las suyas eran de color azul intenso. “Pero Julia, si las piedras eran nuevas y los pendientes los fabricaba tu madre no eran antiguos, eran modernos”. Ella, misteriosa, me contestó: “es que para eso estaban los patos”. Y se echó a reír de tan buena gana que tuvo que salir corriendo al aseo para no mojarse la ropa interior por culpa de las carcajadas unidas a la flojera del anís.
            Una vez de regreso del baño, un poco más tranquila, me terminó de explicar aquella “industria alternativa” que llevaban a cabo en su casa. Por lo visto, para hacer pasar las piedras por antiquísimas, se las daban de comer a los patos. “Esos bichos se lo comen todo”, me dijo. El caso es que solamente había que esperar a que el animal expulsase las piedras después de digerirlas. Los jugos gástricos del ave corroían la superficie de las turquesas, dándoles la pátina del tiempo de una forma tan perfecta que era casi imposible distinguir una verdadera piedra antigua de una recién tallada. Luego, la madre de Julia hacía los pendientes con hilo de plata y oscurecía el metal con una solución de agua y unas gotas de lejía. Et voilà, antigüedades frescas para vender. Un timo, sí, pero a mí me resultó de lo más gracioso. “Ya no hacemos pendientes porque mi madre se murió, y aquí tengo gatos, pero no tengo patos”, repuso algo triste. Aquellas turquesitas eran su nexo de unión con la madre perdida, y por eso las guardaba.
            Os preguntaréis cuál es la lección que aprendí de la anécdota de Julia. Ella misma fue la que, antes de irse a tirar la basura, me dijo esta frase entre carcajadas. “Ya ves, no te puedes fiar. Hay gente que parece única y preciosa, y luego no es más que la cagada de un pato”. El tiempo me ha demostrado que ella tenía razón, y por eso cuando alguien que conozco resulta no ser lo que parecía y me llevo un chasco, me acuerdo de los patos, del anís y de la voz aflautada y gangosa de Julia, y en lugar de disgustarme me entra la risa.

            Gracias, Julia, estés donde estés. Cuántos ratos de mal humor me has evitado con tus turquesas.