lunes, 6 de noviembre de 2017

LO QUE SE TOCA EN EL CIELO

     Es verdad, y nadie lo discute, que vivimos rodeados de ideas preconcebidas que son, a menudo, equivocadas. Mirad si no, por ejemplo, esa que dice que toda mujer anhela encontrar a su príncipe azul: hoy en día sabemos que muchas princesas prefieren volar solas, otras buscan príncipes negros o verdes, y otras siempre prefirieron la compañía de otras princesas, pero hasta ahora no se atrevían a decirlo. Igual ocurre con mil cosas, si lo pensáis veréis que es cierto. Casi nada es como nos vendieron que era. Por lo visto, hasta los mismísimos Reyes Magos venían de Andalucía, lo que elimina de nuestra mente esa imagen tan arraigada de las coronas, las capas y el turbante. Hemos tendido durante tanto tiempo a adornar las cosas con un halo de romanticismo y heroicidad que, cuando se nos presentan como verdaderamente son, puede ser que nos sintamos decepcionados. Pero no siempre es así: hoy vengo a contaros la historia de Paco “el Serrano”, y puede que cuando terminéis de leerla estéis orgullosos del cambio en vuestra imagen mental de eso que los cristianos llaman “el cielo”.
            Paco “el Serrano” se llamaba en Realidad Francisco Villazuela, y era de Ahíllas, una aldea cercana a Chelva, en la serranía valenciana. Era un zagal despierto y lleno de curiosidad que lo miraba todo con unos ojillos oscuros y brillantes que relucían bajo sus cejas castañas. Le gustaba, como al resto de chiquillos, ir al río a cazar ranas, pinchar los huevos de los nidos de la graja para inutilizarlos sin que la madre se diera cuenta a tiempo de poner más (así se hacía para controlar la población de córvidos que, ladrones por naturaleza, acostumbraban a comerse las simientes de los sembrados) y robar manzanas esperiegas del huerto del señor cura. No eran las mejores del término, pero ver al sacerdote perseguirles, furibundo, remangándose la sotana, era para morirse de risa, y los chavales no tenían muchas más distracciones en aquel lugar.
            En una ocasión, el padre de Paco iba a llevarse una carga de embutidos para vender; había matado y procesado los cuatro mejores cerdos que tenían para poder pasar el invierno con el dinero que obtuviese, y longanizas, morcillas, chorizos, salchichones y otras delicias estaban listas para despacharlas en la feria de Liria. Cuando el padre marchaba, y a falta de madre, pues la pobre había muerto pariendo al último de los niños, Paco y sus cinco hermanos solían quedarse al cargo de la abuela Ceferina. Pero esta vez, ya con nueve años, decidió llevarle con él en el carro. Y fue en aquella feria donde encontró lo que había de cambiar su vida.
            Al principio no supo qué o quién podía producir aquella música. Era aguda, penetrante, alegre y festiva. Sus notas se quedaban bailando en los oídos del niño, que miraba en todas direcciones buscando la fuente de tales sonidos aturdido y lleno por la novedad y la emoción. Era una dolçaina. Nunca había escuchado ninguna antes. Excitado, tiró de la chaqueta de su padre señalando con el dedo al músico que la tocaba. “¡Padre, yo quiero eso! ¿Qué es? ¿Cómo se llama? ¿Puedo aprender? ¡¡¡Por favor, padre!!!”. Alcanzó solamente a arrancarle al hombre, que despachaba embutidos tratando de no perder la cuenta de las pesetas que cobraba y los reales que tenía que devolver, el permiso para seguir al dolçainer hasta los límites de la feria mientras estuviese tocando. Y eso hizo: durante más de una hora se abrió paso por entre la gente que llenaba el recinto, junto con una recua de mocosos locales, siguiendo a aquel “flautista de Hammelín” a la valenciana.
            Una vez terminado su trabajo, el músico se detuvo en una taberna. Allí, ceremonioso, pidió un vaso de buen vino del Villar, y con cuidado desmontó el tudel y la caña, los limpió con un trapo de gamuza que guardaba en la faltriquera, pasó un pañuelo de hilo por dentro del cuerpo de su dolçaina y se dispuso a guardarla. “Por favor, señor. ¿Puedo verla?” Paco le miraba desde su corta estatura de nueve años, con la mano extendida. El hombre le hizo sentarse a la mesa. “Ten cuidado, me la hicieron con un taco de mobila procedente de la puerta de casa de mi abuelo. Ya no hay casa, ni puerta. Solamente me queda eso del hogar en donde crecí”. Fascinado, Paco acarició aquella maravilla. El primoroso torneado, el avellanado de los orificios que el músico tapaba con sus dedos rápidos de prestidigitador musical, el color tostado de la veta natural de la madera que fuera guardiana de una casa ya desaparecida… Aquel instrumento era pura magia, o así le pareció al chaval. “Yo soy de Ahíllas, señor. Allí nadie tiene nada así. Se tocan otras cosas, la bandurria, el laúd y la guitarra cuando son los Mayos, pero esto me gusta más. Ella sola y un tambor hacen fiesta para todos. ¿Cuánto cuesta una de estas, señor? ¿Usted puede enseñarme a tocarla?”
            No fue difícil convencer al padre de Paco para que dejase ir al chico como aprendiz de músico. “Yo puedo enseñarle a tocar, pero él tendrá que ser mi tabaleter hasta que domine el instrumento. No le pagaré jornal; le procuraré una dolçaina, cañas y lecciones. Puede vivir conmigo, a cambio de techo y comida trabajará para mí como criado”. Ahora sería impensable algo así, pero corría el año 1940 y las cosas eran distintas. Un oficio, manutención y posibilidad de ver mundo. Una boca menos en casa y un futuro distinto que cuidar cerdos en una aldea perdida en la que, por no haber, no había ni escuela ni médico. Los dos hombres hicieron el trato, y Paco “el Serrano” ya no volvió aquella noche a Ahíllas, sino que se quedó en Liria, en casa de su maestro.
            Desde aquel momento fue habitual verlo junto a él de pueblo en pueblo; el tamborcillo, a medida del tocador, repicaba acompañando los sones de Marcial, pues así se llamaba el dolçainer. Poco a poco fue aprendiendo los distintos ritmos que había de utilizar: fandango, tonadilla, “albaes” si alguien iba a cantar, alguna jota valenciana… Y entre salida y salida, en la casa, con una dolçaina de buen pino que Marcial le hizo traer de Sueca y a la que el chaval bautizó como “Amparito”, hizo sus primeros intentos. Al principio, el niño se desesperaba: sus labios no acertaban a presionar la caña lo suficiente como para que no se le escapase el aire, o lo hacía demasiado, impidiendo la vibración y por tanto la emisión del sonido. Sentía unas irresistibles cosquillas en los dientes y le retumbaba toda la cabeza. Tardó casi un mes en arrancarle una nota decente a aquel instrumento. Pero, como buen serrano, era duro y constante, igual que los montes de su tierra, y no se rindió. Crecer y aprender, trabajar con la ilusión de estar persiguiendo y consiguiendo algo que uno realmente desea: no fue una infancia fácil, pero creedme, en aquella época las había mucho peores. Paco fue, en resumen, un niño feliz.
            Cuando estaba ya a punto de ser un quinto al que llamar a filas, nuestro protagonista conocía no solo Liria, Villar del Arzobispo, Losa del Obispo y Chelva, sino también Aldaia, Torrente, Mislata, Manises, Valencia y hasta Sagunto. Recorría con su “Amparito” y su tabalet las fiestas de todos esos lugares y de muchos más desparramando con entusiasmo música y alegría y haciendo, por qué no decirlo, estragos entre las muchachas. Tres o cuatro veces había vuelto a Ahíllas para ver a sus hermanos, y había tocado para sus vecinos y amigos de la infancia, orgulloso de su oficio, despertando la curiosidad y la admiración de los pocos niños de la aldea. Paco se había convertido ya en un hombre, y no era, desde luego, un mozo difícil ni mal parecido, circunstancia ésta que aumentaba el público allá donde tocasen, y también sus ingresos. Marcial estaba contento con él, aunque sabía que pronto se quedaría de nuevo solo: en cuanto el chico marchase al servicio militar, que por entonces era de dos años de duración, tendría que buscar un nuevo compañero. Paco no sabía casi leer ni escribir, pero tocaba la dolçaina como nadie, y el tabalet como pocos. Iba a echarle mucho de menos.
            África. Tetuán. Ese fue el lugar al que el sorteo le envió a hacer el servicio. “No lo había más lejos, collons”, musitó Marcial. El chico se encogió de hombros: todo lo que fuera más allá de Cuenca ya era para él otro mundo. Pero sabía que tenía dos opciones: podía verlo como una desgracia o como una aventura, y eligió lo segundo. “Malo será que allá no aprenda cosas nuevas, maestro. No padezca por mí, me llevo a mi “Amparito”. Con suerte, tocaré el tambor en la banda del cuartel y no se me hará tan largo”. Y para allá se fue, en tren desde Valencia, después en otro tren, luego en un barco, con un montón de historias de moros en la cabeza y  muchos sueños por cumplir.
            Deseó volver a casa en cuanto pisó el cuartel. Allí todo eran órdenes, normas, gritos. Pasaba los días triste, sin poder tocar, y las noches echando de menos a su maestro, los olores de su tierra y el sabor de la mistela y los rolletes de anís con que solían obsequiarles en las fiestas de los pueblos. Estaba a las órdenes de un sargento  malencarado y grosero natural de Sevilla que, cuando descubrió a Paco en un rincón del patio tocando a “Amparito”, opinó que sonaba como un gato al que estuvieran destripando y se la arrestó indefinidamente. Privar al Serrano de aquel instrumento, de la actividad inocente de tocar en sus ratos libres, le divertía. En general, todo lo que fastidiase a sus soldados le producía un extraño placer. Ejercía un poder arbitrario y caprichoso que los demás, merced al cargo que ostentaba, no tenían más remedio que respetar, aunque fuera a su pesar; disfrutaba siendo impopular y maldito por todos los rasos y cabos a su cargo. Más de uno soñaba con abrirle la cabeza de un culatazo, pero nadie se atrevía, y Paco menos que nadie: era músico, no soldado. Él no creía en la violencia, creía en la armonía, creía en la vida, en la risa, en el entendimiento a través del idioma universal del ritmo y las notas de la escala cromática. No había nadie en aquel cuartel más enemigo de la violencia que él, y eso fue lo que le granjeó la manifiesta animadversión del “Sargento Miarma”. Para aquel hombre, Paco era un ejemplo perfecto de que el ejército no debía aceptar “ni tontos ni músicos. Siempre están pensando en las musarañas y no son capaces ni de pelar las papas para el rancho sin distraerse”.
            En los días de permiso, “el Serrano” y algunos de sus compañeros se llegaban al pueblo más cercano al cuartel. Allí había poco más que cabras, mocosos y polvo, pero era el único lugar al que se podía ir. Al menos contaba con una taberna. Estar allí significaba salir de los dominios del “Sargento Miarma”, y la presión de su presencia desaparecía durante unas horas. Paco consiguió entenderse pronto con los lugareños; para su alegría, en aquella tierra tenían un instrumento que se parecía bastante a su amada dolçaina secuestrada, y pronto se hizo con una de esas dulzainas marroquíes: tocarla en los permisos, en la taberna, a escondidas del sargento, le ayudaría a sobrevivir los dos años de servicio sin morir de añoranza. De una vez para otra se la guardaba el hombre que gobernaba la mugrienta barra del bar, e incluso le invitaba a beber té moruno cuando organizaba uno de aquellos improvisados conciertos para los clientes del local. A veces también salía a las calles de la aldea tocando la “jota de Alfarp” o la de Vinaroz, como cuando estaba en Liria con su maestro, y los chiquillos del pueblo le seguían bailando y dando saltos. “No son tan distintos de los niños de Valencia”, pensaba Paco. “La música es capaz de hacer que todos seamos iguales. Da lo mismo si fue escrita en una punta del mundo, en la otra punta también se baila y se disfruta”.
            Aguantó veinte meses. Veinte meses en los que no aprendió a “ser un hombre”, que es para lo que se suponía que se iba al servicio militar. Aprendió a esconderse para estar tranquilo, a tocar a hurtadillas para que el “sargento Miarma” no le llamase “el matagatos ché”, a limpiar fusiles, a contar balas, a fregar de rodillas durante horas las letrinas, a pelar miles de patatas. Aprendió cosas que de nada le iban a servir porque nunca iría a una guerra, porque en el mundo real nadie tiene que obedecer órdenes absurdas de ningún sargento gratuitamente cruel so pena de arresto, humillación ni escarmiento público. Ya no le quedaba mucho para dejar atrás todo aquello, tan solo ciento veinte días de servicio, y en un instante, inesperadamente, todo cambió para siempre. El arma que disparaba, con la culata a pocos centímetros de la cara, falló durante unas prácticas de tiro. La explosión de una bala defectuosa le partió el labio inferior en dos mitades y le destrozó varios dientes. Le cosieron, sí, pero la enorme cicatriz y la quemadura le dejaron deformada la boca sin posibilidad de arreglo.
            Fue enviado a casa, con “la blanca” en la mano, “Amparito” junto con la dulzaina moruna en el petate, y el desconsuelo en la mirada. Ya nunca, nunca más podría tocar su amada dolçaina. Podría acompañar con el tabal, pero su sonrisa rota que no hablaba de fiesta, sino de miedo y dolor y metralla, ya no era reclamo de alegría sino recuerdo de sufrimiento. La vida que él amaba no sería más. O, al menos, no como él la había imaginado. Se acabaron las ferias, los fandangos, las “albaes”. Se terminaron las rondas y las miradas de las chicas y las recuas de chiquillos siguiéndole, saltando y bailando, por las calles. Ni llorar podía, aturdido aún por el accidente, el hospital, las curas y la visión de su rostro herido. No era culpa de nadie, sino quizá de los Hados. Una vez más, tenía dos formas de afrontarlo: ahogarse en la pena o tratar de torcer los designios del Destino que tan caprichosamente había decidido su suerte. Paco “el Serrano” ni siquiera contempló la primera posibilidad.
            Leer y escribir fueron los primeros pasos. Después, composición y armonía para completar sus conocimientos de lenguaje musical. Volvió a Ahíllas, a los Mayos, a criar animales y a ver cómo sus sobrinos robaban manzanas esperiegas del huerto del señor cura y, desde el calor de su tierra natal y al abrigo del cariño cierto de la familia, comenzó a componer. Lo hacía con “Amparito” en la mano, la caña apoyada en el labio superior y tapando los agujeros con los dedos como si tocase. Las notas no salían del instrumento porque su boca era incapaz de hacerlas brotar, pero sí las oía en su cabeza formando nuevas melodías. Allí, en su imaginación, sonaban nítidas, fuertes, entre el griterío de los pueblos en fiesta y las risas de los niños, los petardos y el entrechocar de copas. Su imaginación, su creatividad, la cabezonería serrana y una voluntad a prueba de balas, de sargentos y de mellas lo mantuvieron a flote todo el resto de su vida.
            Llegó a componer docenas, cientos de piezas y obras para “dolçaina”. Hoy en día se siguen tocando, sin que muchos de los intérpretes sepan siquiera que salieron del talento de Paco “el Serrano”, y suenan en fiestas y ferias de toda la Comunidad Valenciana. “Amparito” y la moruna duermen en un arca, conservadas con celo por la familia de alguien que eligió no guardar rencor y reinventarse, dejando un legado que engrandeciese a la dolçaina, el amor de su vida.

            Al principio de esta historia os hablaba de las ideas preconcebidas que resultan equivocadas, ¿lo recordáis? Os propongo un nuevo ejemplo: recread la imagen del cielo, mucho más arriba de donde vuelan los pájaros, allí donde residen los ángeles, los justos y los santos. Suena música, y serafines y querubines tocan sus liras, cítaras y laúdes medievales, de esos que parecen medio huevo. Es así como lo pintaron los grandes pinceles renacentistas, ¿no es cierto? ¿No lo describen de ese modo las escrituras? Pues borradlo. Borradlo todo. Desde que Paco “el Serrano” dejó Ahíllas para continuar su existencia allí arriba, ya los ángeles no tocan otra cosa que la dolçaina valenciana. No me digáis que no hemos ganado con el cambio.

miércoles, 4 de octubre de 2017

EL CUENTO

           El profesor de secundaria no creía en los datos y las fechas aprendidos de memoria. Se había hecho profesor para enseñar a pensar, no para llenar a los chicos de conocimientos que de poco les servirían en el futuro. Aquel día había traído un libro con él. Un libro de cuentos. Lo abrió por la página 17 y comenzó a leer en voz alta.
“Dándose un paseo por las salas del Cielo, se detuvo Dios un día en el lugar donde guardan las almas de los seres que han de nacer. Desde allí las envían, en el preciso instante en que una nueva persona viene al mundo, para que cuando vea la luz lo haga completa. Si el alma no llega a tiempo el niño que nace no sobrevive, no sería humano si no estuviese dotado de ese componente fundamental; por eso los empleados de la sala de las almas son escogidos de entre toda la corte celestial teniendo en cuenta su capacidad de trabajo, su diligencia y su seriedad. Para ese cargo no vale cualquiera, desde luego.
            Dios entró, como os decía, en la sala de las almas. Vio aquellas pequeñas lucecitas infantiles jugar y reír a la espera de bajar al mundo de los hombres, y se le ocurrió una idea. Llamó a las dos que más cerca estaban de la puerta, tomó asiento en su trono y las acomodó a ambas sobre sus rodillas. Jugó un rato con ellas, y después comenzó a preguntarles si tenían ganas de nacer como personas de carne y hueso. Las almas no tienen sexo ni raza, todas son de una misma sustancia, todas están impregnadas de la misma ilusión por la vida, de modo que ambas contestaron que sí. “Para eso existimos, Señor. Si no, no tendría sentido que estuviésemos aquí esperando”.
            “Hoy mismo os voy a enviar a la Tierra, y para que haya equilibrio en el orbe una de vosotras nacerá como hombre y la otra como mujer. Pero antes debéis decirme una cosa: ¿Dónde queréis ser alumbradas? Os dejo elegir el punto geográfico que deseéis”, dijo el Hacedor mientras las etiquetaba para viajar a su destino. El alma que iba a ser de hombre y el alma de la futura mujer se miraron. Él contestó enseguida: “A mí me da igual, Señor. Podría ser nepalí, caboverdiano, japonés o uruguayo. Podría ser suizo o canadiense. No se preocupe por mí, me mande a donde me mande encontraré la manera de salir adelante”. Dios lo besó, complacido, y lo empujó hacia el mundo humano. Después volvió su mirada hacia el alma que se encarnaría en mujer, y le preguntó: “¿Y tú? ¿Ya has elegido?”.
            Ella acarició con ternura la barba luminosa de Dios y dijo que no. “No puedo decidirlo, Señor. Si nazco en África amputarán desde niña trozos de mi cuerpo para que no pueda disfrutar de él; tendré que sufrir el doble para ser madre, me entregarán a un viejo a cambio de algunas cabras y, si no tengo suerte, veré a mis hijos morir de hambre sin poder hacer nada por evitarlo. Me obligarán a creer que tengo que mutilar también a mis hijas para casarlas y cometeré con ellas la misma barbaridad que cometieron conmigo. En cambio, si nazco en México posiblemente desaparezca antes de cumplir los veinte, violada y estrangulada por algún hombre que quedará, sin duda, impune. Si nazco en India no valdré ni el aire que respiro; mi padre tendrá que pagar para que cualquier hombre me acepte a su lado y seré siempre una carga y una esclava. Solamente por ser mujer muchos pensarán que tienen derecho a usarme y golpearme, y probablemente mi familia, después de eso, me mate para evitarse la vergüenza. Si enviudase cualquiera podría abusar de mí, contando con que no me prendiesen fuego para no tener que mantenerme. Si naciera en Afganistán estaría maldita por ser hembra y tendría que ir cubierta como un fantasma. No se me permitiría ser una persona ni leer ni cultivarme. Sería considerada un ser inferior. Ni siquiera podría rezar cuando estuviera con la menstruación ni enseñar un milímetro de piel fuera de mi casa. Si fuera tailandesa podría ser vendida antes de los diez años para ser esclava sexual de los adultos viciosos europeos y americanos; en China fácilmente podría ser abandonada al nacer o dejada morir por carecer de testículos, allí sólo les dejan tener un hijo y prefieren un varón. Yo no lo tengo tan fácil para elegir dónde quiero nacer, Señor. Necesito un tiempo para pensarlo”.
            Dios la apremió: “elige ya, criatura, el mundo necesita hembras para no extinguirse. Por incierta que sea la vida que te espera no puedo demorar más tu partida. Dime: ¿a dónde te envío?”. El alma de mujer, serena, miró a Dios. “Dígame al menos a qué raza pertenecerá mi cuerpo y así podré decidir mejor. Lo digo porque no quisiera nacer negra en el sur de Estados Unidos o en Sudáfrica, ni tampoco gitana en España, Francia o Rumanía, porque en todos esos casos mi vida no sería más que una pura subordinación al macho o a la sociedad que me rodee, no tendría ninguna oportunidad. Ya que me da a escoger quiero ser dueña de mí misma, crecer, desarrollarme como ser humano y decidir qué quiero y qué no quiero hacer”.
            Dios comenzó a perder la paciencia. “Si todas las almas tuvieran tantos miramientos la Humanidad ya no existiría”, tronó. Y el alma femenina, tranquila, le respondió: “si hombre y mujer fueran tan iguales como lo somos las almas que llevan dentro yo no tendría tantos problemas para decidir, ni usted, Señor, tendría que ver tanto sufrimiento en el mundo que un día creó. Si todas las mujeres pudieran de verdad elegir, las guerras carecerían de sentido. Si usted desde el principio no hubiera hecho creer al varón que era superior, el equilibrio y la armonía reinarían entre los humanos en lugar de hacerlo el odio”. Dios, que cada vez estaba más enfadado, le gritó: “¿Insinúas que me estoy equivocando en mi obra? ¡Yo soy Dios y, como tal, soy infalible! Ya que eres un alma rebelde, nacerás en esa India de la que tan mala impresión tienes, a ver si en una tierra tan fértil y hermosa aprendes a admirar la grandeza de mi Creación”.
            El alma de mujer, antes de irse, le sonrió a Dios. “Muy bien, Señor. Cuando mi cuerpo humano muera volveré para contarle cómo ha sido mi vida allí abajo”.
            Diecinueve años después el alma femenina volvió al Cielo. Había intentado ser médico para ayudar a sus semejantes y tener más horizonte que el de parir, servir y pertenecer, pero la violó y asesinó un vecino por ser demasiado bonita. “Ya ve, Señor. Ni ayudé ni di fruto ni pude envejecer ni amar. Mi agresor es el hombre que recibió el alma justo antes que yo, aquel que estuvo sentado en su rodilla derecha el lejano día en que nos dio a elegir nuestro lugar de nacimiento. Si algún día ha de volver usted a la Tierra a vivir entre los humanos, en lugar de nacer varón, encárnese como hembra. Verá como el martirio en la cruz que sufrió hace dos mil años no fue tan malo”. Y Dios, que no pensaba hacer nada al respecto, se encogió de hombros y miró, como siempre, hacia otro lado”.
            Al terminar de leer en voz alta este relato, el profesor de secundaria cerró el libro y observó a sus alumnos. “¿Qué conclusión sacáis de este cuento?”. Los adolescentes no sabían qué contestar. “Que el mundo está fatal”, dijo uno. “Que Dios no existe”, dijo otro. “Que a las tías les queda mucha pelea”, concluyó un tercero. Las chicas les miraban y les dejaban decir. Al fin una de ellas decidió hablar. “Ahí dice que somos iguales y que todo lo demás no son más que cuentos. Y ya estamos hartas de cuentos, profesor. Para eso estudiamos, para cambiar el rumbo y escribir nuestra propia historia”.

El timbre, con su sonido irritante, puso fin a la lección y despertó a los dos haraganes de la última fila. El cuento, sin embargo, aún está lejos de acabar. Pero algún día lo hará, afortunadamente.



jueves, 20 de julio de 2017

LLUVIA DE BARRO

            Coincidiréis conmigo en que estos pequeños chaparrones veraniegos en los que cada gota de agua viene llena de barro rojizo son un auténtico fastidio. En los días siguientes a cada una de estas lluvias sucias la cola de coches que se forma en los lavaderos es francamente inusual, pero es que da asquito mirar en qué estado quedan los vehículos: ni se ve por el parabrisas, ni puedes tocar la portezuela para entrar o salir sin mancharte… Eso por no hablar de los cristales de las casas, que no queda más remedio que limpiarlos para eliminar los churretes, y ¿qué decir de las terrazas? Barrerlas, fregarlas, pasar con la manguera sillas, mesas y plantas, sacudir toldos y rezar para que tarde mucho en volver a caer una precipitación parecida. Para todo el mundo es un gran fastidio cada lluvia de barro.
            La semana pasada me di una paliza de escándalo limpiando ventanas, el balcón estaba hecho un desastre y la ropa que tenía tendida tuvo que volver de cabeza a la lavadora. Eché casi el día entero arreglando el desaguisado, sin contar con lo que me costó en moneditas de un euro (una detrás de otra, clin, clin, clin) limpiar el coche hasta dejarlo medianamente decente. Eso fue jueves. El viernes, para mi desgracia, el viento del desierto del Sáhara volvió para reírse de mí, preñó de nuevo las gotas de lluvia de su polvo rojo maldito y volvió a precipitarse el barro sobre mi ciudad. Cuando me levanté y vi de nuevo todo por limpiar casi me da algo.
            Soy una mujer bien educada, lo prometo. Casi no digo tacos en público, mantengo la compostura, trato a los mayores de usted y les cedo el asiento en el metro, pido las cosas por favor y doy las gracias. Pero todo eso se me olvidó por un rato cuando miré al ventanal del comedor y no vi la calle por culpa del barro que había pegado al cristal. No he estudiado arameo, pero usé esa lengua y algunas más para maldecir al siroco, al desierto, al polvo, a las nubes y a la madre que los trajo a todos. Y claro, vuelta a empezar con la limpieza, vuelta a lavar la ropa, y no os enumeraré el resto.
            Dos días. Ese fue el plazo que tuve para respirar. Y al tercero, un nuevo chaparrón de barro. No podía ser verdad, parecía que el viento sahariano se reía de mí a mandíbula batiente. Lo imaginé personificado en un sujeto gordo y de piel barrosa, con turbante, un chaleco que dejaba ver su prominente barriga, bombachos morunos, babuchas de puntera enroscada y una risa burlona y odiosa bailando entre sus mofletes inflados, llenos de aire para empujar su maldito polvo hasta mi cielo más próximo. Cerré los ojos para visualizarlo bien en mi mente y maldecirle en italiano, alemán y cuantas lenguas me facilitó el traductor de Google. Cuál sería mi sorpresa cuando, aquella misma tarde, le vi. ¡Sí, le vi, con estos ojitos que llevo incrustados en la cara, lo juro! De hecho pensé que soñaba, o que deliraba, pero no. Era él, estaba ahí, tal y como yo lo había imaginado.
El lugar de tan sorprendente avistamiento fue la parte de atrás de la gasolinera de mi pueblo. El gordo ventarrón charlaba animadamente con el dueño del establecimiento. Los dos se reían y se repartían los beneficios del tren de lavado de coches y de las maquinitas malditas que te dispensan agua jabonosa a presión a través de una lanza que sí, limpiarás el vehículo, pero tú te pones perdido de salpicaduras. Ya me parecía a mí mucha casualidad, pero ¿cómo se hace para denunciar al viento por corrupción, cohecho, asociación ilícita y estafa? ¿Eh?

Me enferman las impunidades, pero he decidido abandonar la lucha. Si por casualidad veis un coche en carretera que es como una albóndiga de barro sobre ruedas, no os asustéis, soy yo. Porque hasta que venga el invierno me niego a ir al lavadero. Por mí pueden crecer patatas en el suelo de la terraza, viviré a oscuras si no entra la luz por los cristales de mis ventanas, secaré la ropa con el secador de pelo. Pero a mí el maldito del turbante no me condiciona más el verano, lo juro.

lunes, 13 de febrero de 2017

EL PROGRAMA DE RADIO

“No me gusta la tele, no cuenta más que desastres y mentiras”. Eso me dice Juani siempre que voy a su casa a trabajar; ella es una de mis pacientes de atención domiciliaria. No es una anciana como otras muchas que tengo y he tenido bajo mi cuidado, ella no se pasa el día sentada delante del televisor, y eso que sus limitaciones físicas apenas le permiten andar y sus hermosos ojos ya no ven a coser y apenas a leer. La solución más fácil para matar las horas de forzosa inactividad habría sido la pequeña pantalla, esa “caja tonta” que ahora ya no tiene forma de caja sino de cuadro para colgar de la pared, pero a Juani no le sirve. Más pronto la desprecia que otra cosa, no gusta de las telenovelas, los informativos la ponen enferma de preocupación o de pura mala leche, las películas se le hacen difíciles de aguantar porque están llenas de violencias físicas y emocionales que le parecen “sufrir gratis”, como ella dice. A Juani lo que de verdad le hace disfrutar, de toda la vida, es la música y los buenos programas de radio.
Me gusta ir a su casa a trabajar. Me gusta teñirle el pelo, arreglarle las uñas, cuidar de su salud y oírla hablar de los conciertos a los que iba cuando podía salir con libertad y sus piernas aún le obedecían. Y me gusta planchar su ropa y la de Berto, su marido, mientras ellos escuchan la radio. La pareja se sienta en la salita, él conecta el aparato y pasan horas y horas disfrutando de los programas de una radio local. “Bienvenidos a Pentagrama Poético, su programa favorito en Radio Sol”. Oigo al locutor hablar con voz de terciopelo y cuero, varonil pero acariciante. Recita poemas, cuenta noticias sobre bandas de música y orquestas, responde peticiones musicales de los oyentes. Pone a veces grabaciones antiguas, de esas que ni siquiera están digitalizadas, en las que se interpretan pasodobles y partituras de compositores valencianos, piezas de folklore tocadas por rondallas y cantadas en la dulce lengua de esta tierra. Les oigo a los dos, Juani y Berto, comentar en cuanto se anuncia la siguiente canción: “¡ay, esa, qué bonita! ¿Te acuerdas? Es la que solía tocar la banda de este pueblo, o la del otro, la que estrenaron en aquel certamen que estuvimos viendo en Gandía en el verano del setenta y pico”. Los dos reviven y acarician el recuerdo mientras tararean las notas que la radio va liberando al aire, y por un momento son felices. Luego oigo de nuevo al locutor: “saludo desde aquí a Pepica, de Albal, que ha llamado esta mañana a las ocho y cinco para pedir esta canción. Se la quiere dedicar a su amiga Juani, que estará escuchando como cada domingo. Para todos ustedes en general y para nuestra amiga Juani en particular, “Luna”, de la mejicana Ana Gabriel”. Y, mientras la rasgada voz de la cantante se cuela por todos los rincones de la casa, los ojos azulísimos de Juani se llenan de lágrimas, le tiemblan las manos y Berto la mira, enternecido por su capacidad de emocionarse aún ante un tema que habrá escuchado cientos de veces.
Es un gusto, lo confieso, trabajar con mayores de cierto nivel cultural. Atender a personas de edad siempre te aporta cosas, cada día terminas aprendiendo algo: un refrán, una copla, la fecha de siembra de las calabazas, cómo se lava mejor una prenda de lana, cuál es el truco para que los caracoles sepan a campo y para que no se peguen las lentejas al cazuelo en que se están guisando... Todas esas cosas van construyendo mi saber en todos los campos, pero cuando encuentro ancianos como Juani y Berto, leídos, viajados, con más o menos estudios y una franca y aún viva curiosidad cultural, amantes de la música, del teatro y de los libros, el disfrute de su conversación y de su compañía se multiplica por mil. Berto recita los poemas de Miguel Hernández y de Machado sobre la voz del locutor de ese programa radiofónico, y es un placer ver a Juani mirarlo arrobada, aunque minutos antes de sentarse en la salita hayan estado riñendo por cualquier nimiedad doméstica.
Esta mañana, mientras estaba atareada con la pedicura de Juani, me he dado cuenta de que el programa que estaban emitiendo era repetido. Recordé que, semanas atrás, había escuchado la misma noticia acerca de la fundación de una nueva banda en el barrio de San Isidro de Valencia. Se lo comenté a ella mientras atacaba su uña del pulgar derecho, siempre hincada en la carne y siempre fastidiosa a la hora de sacarla de ese mal alojamiento para aliviar la hinchazón y curar una de sus frecuentes infecciones. Sonrió y no me dijo nada, se limitó a seguir con las manos el compás del pasodoble “El Fallero”, que había comenzado a sonar. Estaba haciendo de directora de una banda imaginaria, la lima de uñas en su mano diestra a modo de batuta, los ojos entrecerrados, los labios apretados. Suele usar la música como analgésico para esos pequeños ratos de molestia, es enemiga de las pastillas y no toma ninguna que no sea estrictamente necesaria; en el tiempo que llevo con ella he aprendido que no debo interrumpirla en esos pequeños trances para no disipar la concentración que la ayuda a controlar el dolor. Con las últimas notas terminé de desinfectar su dedo y me miró. “No me digas que no te has dado cuenta de que tenemos los programas grabados”. Por mi cara de pasmo adivinó que no. Así es, no había reparado en que “Pentagrama poético” estaba atrapado en una cinta de cassette. Por eso se saben los poemas, por eso tararean todas las piezas. El programa hace años que desapareció, le quitaron la licencia a la emisora local, el locutor está ya una década retirado. La amiga Pepica de Albal murió en el 2.003, y ellos guardan como tesoros docenas de cassettes con los programas que llenaban sus domingos de emociones y sonrisas para seguir saboreándolos. “Ya no se hace radio como esta”, comenta Berto. “Ahora solamente saben poner música de mover el culo, eso ni es cultura ni es nada. Donde esté una buena zarzuela, un pasodoble y una jota bien cantada, que se quite todo lo demás”. La tecla del reproductor salta, la cinta se ha terminado. “Ay, Berto, pon la de aquel día en que te dedicaron esa tan bonita de Las Vistillas”. Y él, entusiasmado como un chiquillo con canicas nuevas, busca en la estantería, leyendo despacio los rótulos en los lomos de las cajitas, localiza el programa, saca el cassette y, con mimo, lo mete en el aparato y se sienta junto a ella para escucharlo cogido de su mano. Y ahí les dejo, terminado mi tiempo de hoy en su domicilio, embelesados, bebiéndose cada sonido y cada palabra como si todo fuera nuevo para ellos.

Cada hogar es una historia diferente. Entre cuatro paredes puede haber un mundo muy pequeño, reducido a una pantalla, una nevera y un sofá, o puede haber todo un universo de letras, notas, sueños, recuerdos y vivencias. Adoro caer en alguna de estas últimas: en ellas cada día es un descubrimiento.

martes, 17 de enero de 2017

TRENES Y PEQUEÑOS MILAGROS

Todo sucedió hará un par de meses. Fue como un flash, un destello en mi mente. Bueno, más que un destello yo diría que fue un fogonazo, a juzgar por lo aturdida que me dejó. Y es que, cuando juntamos Navidad, infancia, magia y música, los metemos en la coctelera de mi cabeza y agitamos un poco, cualquier cosa es posible.
            Llegué al local de ensayos cargada con mi saxo tenor, dispuesta a sentarme con él, abrazarlo como de costumbre y pasar un buen rato. Vale, sí, lo confieso: soy una de esas yonkis de la música que también disfrutan de los ensayos, que no los ven como una obligación sino como un esfuerzo placentero que ha de conducirnos a momentos emocionantes y gloriosos ante el público. Sobre mi atril, dispuestas, varias partituras nuevas. Algunas obras las identifiqué inmediatamente por el título. Otras no. Una en concreto, “Vals del Emperador”, no me sonaba de nada, o eso creía yo. Comenzamos a tocar y, como siempre, la primera leída fue bastante desastrosa. Aclaro: ni yo ni la mayoría de mis compañeros somos músicos profesionales, no tenemos esa capacidad que tienen quienes se dedican por entero a esto de la música de lograr que, solamente con ver las notas, la melodía se dibuje en su cabeza tan claramente como si la estuviesen interpretando con su instrumento. Para nosotros es bastante más difícil lograr buenos resultados, pero no por ello dejamos de intentarlo con todas nuestras fuerzas. Pero bueno, sigo, que me disperso. El caso es que me fue imposible: entre el esfuerzo de no perderme en los pentagramas y meter los dedos en el sitio correspondiente a cada nota sobre la marcha, fui incapaz de reconocer la melodía. A la segunda pasada ya fue otra cosa, todo iba tomando forma, y el tema central de la partitura… esa musiquilla… ¿de qué me sonaba a mí?
            No sé si a vosotros también os ocurre: oís una canción, sabéis que la habéis escuchado anteriormente, pero no recordáis dónde ni cuándo, y eso os tiene intrigados hasta el punto de no dejaros dormir. ¡Ay, esas cabezas! Los vericuetos de nuestro cerebro son a veces tan intrincados que no nos permiten llegar a los recuerdos inmediatamente, pero yo, como ya he dicho antes, soy bastante insistente. Perseverante. Cabezota. El gen leonés, imagino, que no me permite abandonar nada. Yo tenía que recordar de qué conocía ese vals que se había escondido entre mis meninges y no lo lograba, pero al final encontraría ese recuerdo, averiguaría por qué razón lo había conservado en lugar de desecharlo y podría dormir tranquila. Unas horas después, mientras leía, me vino la imagen. El “vals del emperador” era la música de un anuncio. Un spot navideño, concretamente de Renfe, de hará unos treinta años, calculo yo. En él se animaba a usar el tren para volver a casa por Navidad. A ritmo de vals los trenes pasaban, en sucesivas imágenes, de izquierda a derecha, de derecha a izquierda y en diagonal, arriba y abajo por la pantalla del televisor. Recuerdo que yo era una niña y que me fascinaba aquel anuncio por la carga emocional que encerraba: tanta gente en esos trenes, todos iluminados por la ilusión de ver a la familia, tantas bienvenidas en la estación, tantos abrazos y besos y padres e hijos, tantos hermanos reencontrados y personas felices, vuelve, a casa vuelve, vuelve a tu hogar que hoy es Nochebuena, y tantos abuelitos con los ojos empañados al abrazar por fin a los nietos no podían dejarme indiferente. Para alguien como yo, que nací empática perdida y así moriré, ese anuncio era irresistible; por eso todas aquellas cosas cruzándose por las vías del ferrocarril de izquierda a derecha, de derecha a izquierda y en diagonal, arriba y abajo dentro de aquellos trenes que pasaban ante mis ojos, y también los compases del vals que sonaban, triunfantes, maravillosos, poniendo banda sonora para siempre a ese sentimiento navideño, formaron una huella que se quedó grabada en mi memoria, agazapada para reaparecer de pronto ante esa partitura. Pero ese recuerdo aún podía mejorar.
            El director de mi banda es una persona muy peculiar, uno de esos músicos genuinos que no entienden la música sin disciplina y que no tienen reparo en echar una bronca si hace falta, pero que saben exprimir a los que nos ponemos ante su batuta hasta hacer aflorar todo nuestro potencial. Al siguiente ensayo, y con el “Vals del Emperador” de nuevo en el atril, nos dio la lección de música más hermosa que he recibido nunca. Nos dijo: “dejad de ver la partitura como si fueran matemáticas. Si os obsesionáis en contar compases, corcheas, semicorcheas, puntillos, tocaréis lo que hay escrito, pero no será un vals, será otra cosa. No sé qué, pero desde luego no un vals. Hay que estudiar mucho la obra, dominar la posición de las manos, la embocadura, los picados, los ligados y los tiempos: eso son matemáticas. Pero cuando eso esté asumido hay que dejar ir las normas, respirar y sentir. Hay que bailar por dentro, susurrar, gritar, tronar, cantar en silencio con la melodía, dejarse mecer por ella. Hay que mirar mis manos pero no medir sino hacer danzar las notas con mis gestos. Hay que sincronizar lo que sentimos, como si viniese una ola que nos levantase suavemente y nos dejase caer a todos a la vez, nos llevase y nos trajese a todos al tiempo. Es muy difícil, pero cuando se consigue… Cuando eso se logra se produce un pequeño milagro, y si miráis al público veréis esa emoción en sus ojos, exactamente la misma que vosotros estáis sintiendo. Y entonces, solamente en ese instante, podréis decir que habéis hecho música”. Después de escuchar aquello, el “Vals del Emperador” comenzó a sonar distinto, y no solamente esa obra, sino todas las demás, por extensión, también sonaban diferentes.
            Un mes. Ocho ensayos. Y llegó el día del concierto. Tengo que reconocer que toqué con el estómago encogido, así soy yo, anticipando siempre los sentimientos como si pudiera olerlos antes de que se manifiesten. Pusimos en los atriles esa partitura, respiramos y nos dejamos llevar. Y se produjo el milagro: el Emperador se coronó y, mientras nosotros tocábamos y subíamos y bajábamos con la melodía, en mi cabeza los trenes volvieron a correr ante mí, de izquierda a derecha, de derecha a izquierda y en diagonal, arriba y abajo, y al terminar miré a mis compañeros y vi en su sonrisa y en sus pupilas mi propia emoción, y la vi también en los ojos húmedos y en los aplausos sorprendidos de un público que, mientras tocábamos, sintió volver la Navidad de su niñez y fue, por un instante, feliz.

            La música es un gran regalo. Usadla para que cada día sea un pequeño milagro.