jueves, 20 de julio de 2017

LLUVIA DE BARRO

            Coincidiréis conmigo en que estos pequeños chaparrones veraniegos en los que cada gota de agua viene llena de barro rojizo son un auténtico fastidio. En los días siguientes a cada una de estas lluvias sucias la cola de coches que se forma en los lavaderos es francamente inusual, pero es que da asquito mirar en qué estado quedan los vehículos: ni se ve por el parabrisas, ni puedes tocar la portezuela para entrar o salir sin mancharte… Eso por no hablar de los cristales de las casas, que no queda más remedio que limpiarlos para eliminar los churretes, y ¿qué decir de las terrazas? Barrerlas, fregarlas, pasar con la manguera sillas, mesas y plantas, sacudir toldos y rezar para que tarde mucho en volver a caer una precipitación parecida. Para todo el mundo es un gran fastidio cada lluvia de barro.
            La semana pasada me di una paliza de escándalo limpiando ventanas, el balcón estaba hecho un desastre y la ropa que tenía tendida tuvo que volver de cabeza a la lavadora. Eché casi el día entero arreglando el desaguisado, sin contar con lo que me costó en moneditas de un euro (una detrás de otra, clin, clin, clin) limpiar el coche hasta dejarlo medianamente decente. Eso fue jueves. El viernes, para mi desgracia, el viento del desierto del Sáhara volvió para reírse de mí, preñó de nuevo las gotas de lluvia de su polvo rojo maldito y volvió a precipitarse el barro sobre mi ciudad. Cuando me levanté y vi de nuevo todo por limpiar casi me da algo.
            Soy una mujer bien educada, lo prometo. Casi no digo tacos en público, mantengo la compostura, trato a los mayores de usted y les cedo el asiento en el metro, pido las cosas por favor y doy las gracias. Pero todo eso se me olvidó por un rato cuando miré al ventanal del comedor y no vi la calle por culpa del barro que había pegado al cristal. No he estudiado arameo, pero usé esa lengua y algunas más para maldecir al siroco, al desierto, al polvo, a las nubes y a la madre que los trajo a todos. Y claro, vuelta a empezar con la limpieza, vuelta a lavar la ropa, y no os enumeraré el resto.
            Dos días. Ese fue el plazo que tuve para respirar. Y al tercero, un nuevo chaparrón de barro. No podía ser verdad, parecía que el viento sahariano se reía de mí a mandíbula batiente. Lo imaginé personificado en un sujeto gordo y de piel barrosa, con turbante, un chaleco que dejaba ver su prominente barriga, bombachos morunos, babuchas de puntera enroscada y una risa burlona y odiosa bailando entre sus mofletes inflados, llenos de aire para empujar su maldito polvo hasta mi cielo más próximo. Cerré los ojos para visualizarlo bien en mi mente y maldecirle en italiano, alemán y cuantas lenguas me facilitó el traductor de Google. Cuál sería mi sorpresa cuando, aquella misma tarde, le vi. ¡Sí, le vi, con estos ojitos que llevo incrustados en la cara, lo juro! De hecho pensé que soñaba, o que deliraba, pero no. Era él, estaba ahí, tal y como yo lo había imaginado.
El lugar de tan sorprendente avistamiento fue la parte de atrás de la gasolinera de mi pueblo. El gordo ventarrón charlaba animadamente con el dueño del establecimiento. Los dos se reían y se repartían los beneficios del tren de lavado de coches y de las maquinitas malditas que te dispensan agua jabonosa a presión a través de una lanza que sí, limpiarás el vehículo, pero tú te pones perdido de salpicaduras. Ya me parecía a mí mucha casualidad, pero ¿cómo se hace para denunciar al viento por corrupción, cohecho, asociación ilícita y estafa? ¿Eh?

Me enferman las impunidades, pero he decidido abandonar la lucha. Si por casualidad veis un coche en carretera que es como una albóndiga de barro sobre ruedas, no os asustéis, soy yo. Porque hasta que venga el invierno me niego a ir al lavadero. Por mí pueden crecer patatas en el suelo de la terraza, viviré a oscuras si no entra la luz por los cristales de mis ventanas, secaré la ropa con el secador de pelo. Pero a mí el maldito del turbante no me condiciona más el verano, lo juro.

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